1. La decisión
Irina removió los leños del hogar por última vez y dejó el atizador a un lado con frustración. Estaba descubriendo que algo tan obvio como mantener el fuego no era tan sencillo como ella había creído. Aquello era trabajo de Yuri…
Por supuesto que durante sus 25 años de edad alguna vez había removido las brasas creyendo que así lograba algo, pero realmente quienes se habían encargado de ello eran sus criados. Y por supuesto, ahora que estaba lejos del hogar había sido Yuri.
Cruzó la habitación empezando a deshacerse el moño y se sentó al borde de su cama frente a la del hombre, para su tranquilidad este dormía profunda y plácidamente a pesar del vendaje de su costado.
-Idiota… -Musitó.
Al llegar a la posada Irina le había ayudado a tumbarse y había bajado a comprar el mejor licor del Sangre Azul que podían permitirse. Rápidamente, sin regatear. El guerrero había dado buena cuenta de él y había caído rendido, borracho y feliz, sin dejar de repetir que Tymora realmente lo amaba.
Negó echando un ojo a la coraza del hombre, apoyada en un rincón junto al resto de su armadura. Yuri había pasado días trabajando en ella en la forja, sin embargo aquella maldita planta la había atravesado como si nada. Realmente dudaba que aquella madera valiera el riesgo que habían corrido… Yuri era fuerte, pero probablemente si no fuera por la rápida actuación de Rel, la elfa, ahora estaría muerto.
Irina lo observó con enfado. ¿Qué sería de ella si eso hubiera ocurrido?
Yuri siempre había estado ahí. Desde que tenía recuerdos.
Ella hija de una dinastía de ricos mercaderes, él de un simple herrero. Sin embargo siempre habían hecho buenas migas.
De niños Yuri había sido su mejor compañero de juegos, a veces fiel montura, a veces caballero de armadura plateada, siempre dispuesto a hacerla reír.
En la adolescencia, cuando Irina había empezado a desarrollar su afilada lengua, el joven había aprendido pronto cuando podía defenderla con los puños, o cuando era más sensato echarsela al hombro y correr entre chillidos.
Finalmente el transcurso de las estaciones habían convertido a aquella niña deslenguada en una mujer bella y consciente de sí misma. Fue entonces cuando exigió a su padre un guardaespaldas. Y por supuesto no podía ser uno cualquiera… ¿En quien iban a poder confiar? ¿Quién iba a protegerla mejor que quien llevaba toda la vida haciéndolo? Yuri había aceptado el contrato sin pensarlo dos veces. Al fin y al cabo iba a cobrar por algo en lo que llevaba especializándose toda su vida.
Mantener a Irina Dimitrova de una sola pieza.
Desde aquel momento Yuri había seguido ahí.
Había estado ahí en fiestas y funerales. Había estado ahí en sus primeros regateos. Había estado ahí para defenderla de bandidos y pretendientes no deseados. Para levantarla al caer del caballo e interponerse en miradas indiscretas.
Había estado ahí cuando su padre le negó el primer vestido.
Había estado ahí cuando perdieron las primeras tierras.
Había estado ahí cuando su padre le anunció que ya no podía seguir pagando su protección…
Y a partir de entonces…
Yuri estuvo ahí, cuando ella le contó que iban a casarla con un rico heredero.
Estuvo ahí con dos caballos preparados para partir a su orden.
Estuvo ahí para lograr dos pasajes en barco a Aslarn.
Y estuvo ahí para dar sus primeros pasos en la isla…
-Abeto… Plata… -Yuri se removió entre sueños sacando a Irina de sus pensamientos.
La damarana se levantó llevándole el reverso de los dedos a la frente. Estaba caliente, pero no demasiado. Bufó algo más tranquila.
-Descansa - Ordenó
-Tymora…
-He dicho que duermas. - Tajante
El hombre emitió un profundo ronquido y volvió a sumirse en un sueño tranquilo.
Irina asintió.
Yuri siempre había estado ahí, pero por un momento había estado a punto de no estarlo más.
Era consciente de que había tomado una decisión que cambiaría su vida. Ahí, lejos de su hogar, ya no era nadie. Aquella noche había descubierto que esa libertad podía costarle muy cara.
Tomó aire observando la ciudad a través de la ventana.
Era egoísta, pero era su decisión.
De la misma forma, Yuri había estado ahí para tomar la suya propia.
Sueño de una noche de verano - Un sueño de Irina Dimitrova
(Relato escrito por Ser Pato)
Irina Dimitrova tenía diecisiete años cuando soñó por primera vez con la nieve.
Aquello, por sí solo, no habría tenido nada de extraordinario.
En Damara uno soñaba con nieve porque pasaba buena parte de su vida quitándosela de las botas.
Pero aquella noche no hacía frío.
Era finales de verano y las ventanas de la casa Dimitrov permanecían abiertas. Desde su dormitorio
llegaba el olor de las pieles almacenadas en el piso inferior, de la madera encerada y del perfume de
lavanda que su madre insistía en poner entre las sábanas.
Irina se había acostado enfadada.
Su padre había rechazado comprarle un vestido.
No porque fuese caro.
Eso habría sido comprensible.
Lo había rechazado porque, según él, Irina ya poseía demasiados.
Una afirmación tan evidentemente absurda había provocado una discusión considerable.
Irina recordaba haberse dormido pensando que cuando tuviera su propio dinero nadie volvería a
decirle qué podía o no podía comprar.
Entonces abrió los ojos.
Estaba descalza sobre un lago helado.
No sintió frío.
Miró primero sus pies.
Después el camisón.
Después alrededor.
-Esto no es mi habitación.
Su voz viajó sobre una extensión blanca que parecía no terminar nunca.
No había montañas.
No había árboles.
No había luna.
El cielo era azul oscuro y estaba cubierto por tantas estrellas que resultaba imposible encontrar
entre ellas una sola constelación conocida.
Irina frunció el ceño.
Aquello le molestó más de lo que la asustó.
-¿Hola?
Nada.
-Si esto es cosa de Katya, juro que...
Una campanilla sonó en la distancia.
Irina se volvió.
Había un camino sobre el hielo.
Un instante antes no estaba allí.
A ambos lados crecían rosas.
Rosas blancas.
Sus tallos transparentes parecían hechos de cristal y cada pétalo estaba recubierto de escarcha.
Irina se agachó ante una de ellas.
Era preciosa.
Naturalmente quiso tocarla.
-Yo no haría eso.
Irina retiró la mano.
La voz había sido femenina.
Joven.
Quizá.
Era difícil saberlo.
-¿Por qué?
-Porque es mía.
Irina volvió la cabeza.
La mujer estaba de pie unos veinte pasos detrás de ella.
No había oído que se acercara.
Era alta.
Demasiado alta.
Vestía varias capas de seda blanca y azul tan fina que se movían aunque no soplaba viento alguno.
Su cabello descendía hasta casi tocar el suelo, de un rubio tan pálido que podía confundirse con plata.
La piel era blanca.
No pálida.
Blanca.
Como nieve recién caída.
Pero fueron sus ojos lo que hizo que Irina permaneciera inmóvil.
Azules.
Los mismos que los suyos.
No parecidos.
Los mismos.
La mujer sonrió.
-Has crecido.
Irina se incorporó.
-¿Nos conocemos?
-Yo sí.
-Eso no responde a mi pregunta.
La sonrisa se hizo ligeramente mayor.
Algo en aquella expresión hizo que Irina comprendiera que acababa de entretenerla.
No le gustó.
La mujer avanzó.
Donde sus pies desnudos tocaban el hielo aparecían pequeños helechos blancos que se deshacían
segundos después.
Irina no retrocedió.
No porque no tuviera miedo.
Sino porque jamás había encontrado especialmente útil demostrarlo.
La mujer se detuvo frente a ella.
Muy cerca.
Alzó una mano.
Irina permitió que le tocara el rostro.
Los dedos estaban helados.
-La nariz de tu madre -murmuró la desconocida-. La boca también. Una pena.
Irina apartó la cara.
-A mí me gusta mi boca.
La mujer soltó una carcajada.
No fue una risa humana.
El sonido apareció alrededor de ellas, bajo el hielo, encima del cielo, lejos y cerca
simultáneamente.
Irina decidió que no le gustaba.
Decidió también que no pensaba darle la satisfacción de saberlo.
-¿Quién eres?
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
-Qué pregunta tan peligrosa.
-Es una pregunta bastante sencilla.
-Para los mortales, quizá.
Extendió la mano.
En la palma apareció una moneda de plata.
No hubo luz.
Ni palabras.
Simplemente no estaba allí y después estuvo.
La mujer la lanzó.
Irina la atrapó instintivamente.
Una cara estaba grabada con el perfil de una joven coronada de ramas cubiertas de hielo.
La otra mostraba un cisne.
Irina levantó la mirada.
-¿Qué significa?
-Que aceptaste un regalo.
Irina dejó caer inmediatamente la moneda.
La mujer rio otra vez.
-Lista.
-Mi padre dice que nunca acepte nada de alguien que no me haya dicho antes cuánto cuesta.
-Tu padre me cae bien.
Irina entrecerró los ojos.
-¿Lo conoces?
-Conozco a muchos Dimitrov.
Aquello consiguió romper su compostura.
-¿Qué?
La mujer se alejó.
Las rosas se inclinaban cuando pasaba junto a ellas.
Irina la siguió.
-Espera.
La desconocida continuó caminando.
-He dicho que esperes.
Se detuvo.
Giró lentamente.
La sonrisa había desaparecido.
Por primera vez Irina sintió verdadero miedo.
No había sucedido nada.
Ese era precisamente el problema.
El mundo entero parecía haber quedado inmóvil con ella.
Las estrellas no titilaban.
Las telas habían dejado de moverse.
Incluso la nieve suspendida alrededor de la mujer permanecía quieta en el aire.
-No vuelvas a darme una orden -dijo.
Irina tragó saliva.
-Entonces no te alejes mientras estoy hablando contigo.
Silencio.
Uno.
Dos segundos.
La sonrisa regresó.
-Oh.
La criatura la observó con renovado interés.
-Sí. Definitivamente eres una Dimitrova.
Continuó caminando.
Esta vez más despacio.
Irina fue detrás.
Al final del camino apareció un palacio.
Construido enteramente sobre el hielo.
Torres transparentes.
Puentes blancos.
Ventanas iluminadas por una claridad azul.
Había figuras moviéndose detrás de ellas.
Algunas parecían humanas.
Otras no.
Irina alcanzó a ver una silueta con astas.
Otra tenía alas.
Una tercera caminaba a cuatro patas y llevaba algo parecido a una corona.
Apartó la mirada.
-¿Dónde estamos?
-En un lugar donde tu mundo toca otro.
-Eso tampoco significa nada.
-Significa exactamente lo que he dicho.
Llegaron ante una mesa preparada en mitad del lago.
Dos sillas.
Una tetera de plata.
Pasteles.
Frutas cubiertas de azúcar.
Y una copa de vino rojo.
Irina miró la mesa.
Luego a la mujer.
-No pienso comer nada.
La desconocida arqueó una ceja.
-Excelente.
Se sentó.
-Tu tatarabuela tardó tres días en darse cuenta.
Irina permaneció de pie.
-¿Y qué ocurrió?
-Se quedó treinta y siete años.
Irina palideció.
La criatura sonrió.
-Para nosotros.
-¿Y para ella?
-Siete días.
Irina recordó entonces una historia.
No una historia importante.
Una de aquellas cosas que las mujeres mayores decían durante el invierno cuando creían que los
niños no estaban escuchando.
Yelena Dimitrova.
La muchacha perdida en una tormenta.
La muchacha que regresó una semana después sin una sola herida de frío.
Con flores blancas en el cabello.
Irina miró aquella mesa.
Las rosas.
El palacio.
Los ojos de la mujer.
-Yelena.
La sonrisa desapareció.
-Sí.
-¿La conociste?
-Mucho.
Irina sintió que tenía la boca seca.
-¿Eres familia?
La mujer apoyó el rostro sobre una mano.
Parecía divertidísima.
-¿Importa?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque quiero saber quién eres.
-Quieres saber qué soy para ti.
Irina no contestó.
-Eso -continuó la mujer- es algo muy distinto.
La criatura levantó la tetera.
Sirvió una taza.
Sólo una.
Bebió.
-Puedes llamarme Snezhana.
Irina repitió el nombre.
-Snezhana.
La escarcha recorrió la mesa.
Las rosas se abrieron todas a la vez.
Algo enorme se movió bajo el lago.
Irina permaneció completamente quieta.
Snezhana sonrió detrás de la taza.
-Te aconsejo no pronunciarlo demasiado.
-¿Es tu nombre verdadero?
La mujer soltó una risa pequeña.
-No seas ridícula.
Aquello tranquilizó sorprendentemente a Irina.
Al menos había recibido una respuesta clara.
-¿Qué quieres de mí?
-Nada.
Irina esperó.
-Eso es mentira.
-Muy bien.
Snezhana dejó la taza.
-Quiero ver qué haces.
-¿Con qué?
-Con todo.
Irina volvió a fruncir el ceño.
La criatura señaló con un dedo su rostro.
-Eres hermosa.
Otro dedo.
-Eres rica.
Otro.
-Eres joven.
Otro.
-Tu familia te quiere.
Otro.
-Y eres insoportablemente consciente de todas esas cosas.
Irina cruzó los brazos.
-No veo el problema.
-Yo tampoco.
Eso la sorprendió.
Snezhana se levantó.
-Los mortales tenéis una costumbre curiosísima. Os conceden algo hermoso y pasáis media vida
sintiéndoos culpables por disfrutarlo.
Caminó alrededor de Irina.
-Una muchacha bella debe fingir que no lo sabe.
Le acarició el cabello.
-Un hombre rico debe asegurar que el dinero no importa.
Rozó una de sus manos.
-Alguien ambicioso tiene que llamarlo deber.
Se detuvo frente a ella.
-Qué aburrimiento.
Irina comenzó a sonreír.
Snezhana también.
-Tú no eres así.
-No.
-Tú quieres cosas.
-Sí.
-Muchas.
-Bastantes.
-Dímelas.
Irina perdió la sonrisa.
-¿Por qué?
-Porque quiero saber.
-¿Y qué gano yo?
Por primera vez desde el comienzo del sueño, Snezhana pareció verdaderamente sorprendida.
Después rio.
Muchísimo.
Tuvo que apoyarse sobre la mesa.
-Oh, pequeña.
Las estrellas comenzaron a girar lentamente sobre ellas.
-Ahora recuerdo por qué vuestra familia me divierte tanto.
Irina esperó pacientemente.
Cuando la criatura dejó de reír, preguntó:
-¿Qué gano?
Snezhana se acercó.
-Una respuesta.
-¿A qué?
-A una pregunta que todavía no sabes que quieres formular.
Irina pensó.
No entendía aquello.
Lo cual significaba que probablemente era una trampa.
Pero también significaba que quería saber más.
-Quiero ser rica.
Snezhana hizo un gesto desdeñoso.
-Ya eres rica.
-Más rica.
La criatura sonrió.
-Mucho mejor.
Irina continuó.
-Quiero viajar.
El hielo bajo ellas mostró durante un instante ciudades desconocidas.
Torres.
Puertos.
Bosques.
Montañas.
Una isla.
Irina se quedó mirando.
-Quiero entrar en habitaciones donde normalmente no me dejarían entrar.
Aparecieron palacios.
Salones.
Puertas cerradas.
-Quiero poder comprar cualquier cosa que me guste.
Oro.
Joyas.
Vestidos.
Armas
Tierras.
Todo apareció bajo el hielo y desapareció.
Irina respiró.
-Quiero que cuando alguien me mire...
Vaciló.
Snezhana se acercó.
-Continúa.
Irina tenía diecisiete años.
Así que dijo la verdad.
-Quiero que me recuerde.
Algo cambió en los ojos de la criatura.
Sólo durante un instante.
No burla.
No diversión.
Reconocimiento.
-Ah.
Snezhana levantó una mano y tocó el pecho de Irina con un dedo.
El frío atravesó el camisón.
La piel.
Los huesos.
Irina dejó escapar un jadeo.
El lago se quebró.
Una enorme red de grietas salió disparada desde sus pies.
Irina intentó retroceder.
Snezhana la sujetó por la muñeca.
-Todavía no.
-¡Suéltame!
-Una última cosa.
Las grietas seguían multiplicándose.
Debajo del hielo había oscuridad.
Y algo se movía dentro.
Snezhana la miró fijamente.
-¿Qué es lo que más deseas?
Irina quiso decir dinero.
Quiso decir poder.
Belleza.
Viajes.
Todo aquello que acababa de enumerar.
Pero ninguna de esas respuestas era cierta.
No del todo.
Pensó en su padre decidiendo qué debía vestir.
En su madre decidiendo dónde debía sentarse.
En los hombres que hablaban ya de buenos matrimonios.
En todas las habitaciones de su futuro cuyas puertas alguien esperaba cerrar por ella.
Y entonces lo supo.
-No pedir permiso.
Snezhana no sonrió.
Esta vez la miró con una seriedad casi aterradora.
-Eso sí puedo enseñártelo.
El hielo se rompió.
Irina cayó.
No había agua debajo.
Había estrellas.
Cayó entre ellas mientras la mujer permanecía arriba, de pie sobre un fragmento de lago
suspendido en mitad de la oscuridad.
Cada vez más lejos.
Irina intentó gritar.
No pudo.
Snezhana levantó una mano.
Una llama azul apareció sobre sus dedos.
Y habló.
-Cuando quieras algo lo suficiente, pequeña Dimitrova...
Sus ojos brillaron como dos soles helados.
-...ven a buscarlo.
Irina despertó.
Estaba en su cama.
Gritando.
Su madre entró primero.
Después su padre.
Después dos criadas.
Todos preguntaban qué había ocurrido.
Irina tardó unos segundos en responder.
Tenía tanto frío que le castañeteaban los dientes.
Su madre la abrazó.
Su padre ordenó encender el hogar.
Una de las criadas cerró las ventanas.
Entonces Irina vio el espejo.
Estaba completamente cubierto de escarcha.
A pesar del calor del verano.
Y alguien había escrito sobre ella con la punta de un dedo.
Una sola palabra.
Dimitrova.
Su madre también la vio.
Y dejó de respirar.
-Mamá...
La mujer se acercó lentamente al espejo.
No parecía sorprendida.
Parecía aterrorizada.
-Mamá, ¿quién es Snezhana?
Su madre cerró los ojos.
El silencio duró demasiado.
Entonces su padre miró a su esposa.
-¿Qué ha dicho?
Nadie respondió.
Irina bajó la mirada.
Había algo dentro de su puño derecho.
Abrió los dedos.
Una pequeña moneda de plata descansaba sobre su palma.
En una cara había una mujer coronada de ramas cubiertas de hielo.
En la otra...
un cisne.
Y por primera vez en su vida, Irina Dimitrova comprendió que quizá su familia poseía algo mucho
más antiguo que dinero.