EL PUENTE ANTES DEL ALBA Relato de Yuri Kozlov e Irina Dimitrova
I. EL CAMINO DEL ESTE
Poco antes del amanecer, el camino del este parecía muerto.
La nieve endurecía los márgenes de la calzada y cubría los campos con una costra grisácea sobre la que empezaba a deslizarse la primera claridad del cielo. El viento bajaba desde las colinas, frío y húmedo, suficiente para mantener dentro de casa a cualquiera con un mínimo de sentido común.
A Yuri Kozlov no le impresionaba demasiado.
Irina Dimitrova tampoco parecía especialmente afectada.
Ambos eran damaranos y habían aprendido desde niños que el invierno era un problema solo cuando uno cometía la estupidez de no prepararse para él. Buenas botas, pieles, capas gruesas y guantes de cuero bastaban para convertir el frío de Oenwar en una molestia más.
Astorga quedaba detrás.
Delante, el camino descendía hacia el río.
Habían salido a cazar.
Nada más.
Carne para vender o llevar de vuelta a la posada. Alguna piel si tenían suerte. Quizá unas horas lejos de las calles de una ciudad que todavía no sentían como propia.
Yuri caminaba unos pasos por delante.
Irina iba detrás, con la capucha echada sobre el cabello.
Fue Yuri quien se detuvo.
No porque hubiese visto algo.
Precisamente por lo contrario.
Irina dio dos pasos más.
—¿Qué pasa?
Yuri levantó una mano.
Escuchó.
El viento.
Las ramas.
Su propia respiración.
Nada más.
No había pájaros.
Ni roedores entre la maleza.
Ni animales pequeños removiendo la nieve.
Ni siquiera el crujido lejano de algo huyendo al percibirlos.
Nada.
Yuri dejó caer lentamente la mano sobre la empuñadura de su espada.
—Irina.
Ella entendió por el tono.
No preguntó.
El primer virote cayó entre ambos.
La saeta golpeó una piedra y salió despedida hacia un lado.
La segunda pasó silbando sobre el hombro de Yuri.
Cinco kobolds salieron de la maleza.
Tres llevaban cuchillos y lanzas cortas.
Dos pequeñas ballestas.
Uno de ellos señaló directamente a Irina.
Comenzaron los ladridos.
Yuri no comprendió las palabras, si es que había alguna.
Pero vio cómo la señalaban.
Miró la capa de Irina.
Sus ropas.
La forma en que caminaba.
Para unas criaturas acostumbradas a asaltar campesinos y viajeros, probablemente parecía una dama acomodada acompañada por un único guardaespaldas.
Yuri soltó aire por la nariz.
—Creo que te han tomado por rica.
Irina observó a los kobolds.
—Qué decepción van a llevarse.
Los tres primeros cargaron.
Yuri fue hacia ellos.
No retrocedió para proteger a Irina.
Hizo exactamente lo contrario.
Avanzó para convertirse en lo único que aquellas criaturas tuviesen delante.
La primera lanza buscó su vientre.
Yuri apartó el asta con la bastarda.
La punta se desvió hacia la nieve.
Su hombro chocó contra el kobold y lo derribó.
El segundo llegó desde la derecha.
Yuri giró.
El acero bajó.
La criatura cayó con él.
El tercero frenó.
Solo un instante.
Demasiado.
Yuri avanzó.
Detrás sonó una ballesta.
Algo atravesó la penumbra.
Un resplandor pálido.
Una conmoción breve en el aire.
El kobold que había disparado fue arrancado de sus pies y desapareció entre los arbustos.
El segundo ballestero corrigió el tiro hacia Irina.
Otro destello.
Cayó.
Yuri apenas miró.
Había cosas cuyo funcionamiento podía esperar hasta después de que dejaran de intentar matarte.
El kobold que tenía delante consiguió bloquear la bastarda con el asta de su lanza.
La madera resistió el primer golpe.
No el segundo.
El asta se partió.
La criatura soltó los restos.
Y echó a correr.
Yuri fue tras ella.
Dos pasos.
Tres.
—Lo tengo.
El kobold estaba a punto de alcanzar los árboles.
Yuri aceleró.
Algo pasó junto a él.
La criatura dio una sacudida y cayó de bruces sobre la nieve.
Yuri frenó.
Miró al kobold.
Después giró la cabeza hacia Irina.
Ella bajó lentamente una mano.
—¿Qué?
Yuri volvió a mirar el cadáver.
—Nada.
—Parecía que ibas a perseguirlo.
—Lo estaba haciendo.
—Ya no.
Yuri envainó la espada.
Irina pasó junto a él.
—De nada.
—No he dicho gracias.
—No hacía falta.
Y siguieron caminando.
II. LOS MUERTOS DEL CAMINO
La luz fue creciendo lentamente.
Con ella aparecieron los campos.
Unas cercas.
Después una granja.
Y un hombre cavando.
Solo uno.
Una pala entrando una y otra vez en la tierra endurecida por el frío.
Yuri vio después los cuerpos.
Varios.
Estaban envueltos en mantas junto a la fosa.
El hombre continuó trabajando hasta que estuvieron bastante cerca.
Entonces levantó la cabeza.
Tenía el rostro de alguien que no había dormido.
Irina tomó la palabra.
—¿Qué ha ocurrido?
El granjero miró los cuerpos.
—Anoche.
Volvió a hundir la pala.
Irina esperó.
El hombre terminó por añadir:
—Kobolds.
Yuri observó la granja.
Parte de la cerca estaba rota.
Había sangre congelada cerca de la casa.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
El hombre dejó la pala apoyada.
—Muchos.
Miró hacia Astorga.
—Allí dicen que estos caminos son seguros.
Yuri masculló algo.
El granjero lo oyó.
—¿Qué habéis dicho?
—Nada.
Irina miró a Yuri.
Él suspiró.
—He dicho algo sobre guardias y ejércitos.
El granjero soltó una risa sin humor.
—En Astorga hay muchos.
Yuri contempló los muertos.
—Aquí parecen algo más escasos.
El hombre no respondió.
Irina señaló hacia el camino.
—¿Hay algún puesto de vigilancia?
—Un poco más abajo.
—¿Soldados?
—Mercenarios. Se han instalado cerca del puente.
El granjero recogió de nuevo la pala.
—Corren rumores. Dicen que varias tribus de kobolds se han juntado.
Irina miró hacia Yuri.
—¿Varias?
—Eso dicen.
El granjero los observó.
—Si vais hacia allí, id con cuidado.
Antes de que se marcharan, desapareció un momento dentro de la casa.
Regresó con cuatro pequeñas botellas.
Se las tendió.
—Licor.
Yuri las tomó.
—No hace tanto frío.
El hombre lo miró durante unos segundos.
—No son para el frío.
Yuri estudió una de las botellas.
Después asintió.
—Entiendo.
Aquello tenía bastante más sentido.
El puesto apareció junto al camino.
O lo que quedaba de él.
Era poco más que una defensa improvisada.
Dos carros atravesados parcialmente sobre la calzada.
Varias empalizadas bajas.
Troncos.
Piedras.
Una posición montada deprisa por hombres que esperaban problemas, pero probablemente no una guerra.
Parte de uno de los carros había ardido.
Una rueda estaba carbonizada.
La nieve cercana se había derretido y vuelto a congelar formando una costra negra y sucia.
Irina vio el primer muerto.
Yuri los contó.
Tres.
Uno detrás de una empalizada.
Otro junto a los restos quemados del carro.
El tercero había conseguido recorrer unos pocos pasos antes de caer.
Todos estaban atravesados por saetas.
Muchas.
Yuri se agachó junto a uno.
Examinó la herida.
Después otra.
Miró hacia el puente.
Irina siguió su mirada.
—¿Desde allí?
—No.
Yuri se levantó.
Caminó detrás de una de las empalizadas.
Había saetas clavadas en la cara interior de la madera.
Algunas habían entrado con un ángulo muy pronunciado.
Miró los cuerpos.
Las heridas.
Luego levantó los ojos.
La colina.
—Desde arriba.
Irina se volvió hacia ella.
—¿Los sorprendieron?
—Los vigías esperaban problemas desde el puente.
Yuri señaló la ladera.
—Les llegaron desde donde no estaban mirando.
Aquello explicaba los cuerpos.
Explicaba la dirección de las saetas.
Explicaba por qué tres hombres tras unas barricadas apenas habían podido defenderse.
Yuri se ajustó la correa de la espada.
—Voy a subir.
—¿Por qué?
—Porque quiero ver qué vieron ellos.
Irina lo acompañó.
La subida comenzó entre nieve intacta.
A mitad de la ladera encontraron el primer animal.
Un conejo.
Yacía abierto sobre la nieve.
No estaba completamente comido.
Un poco más arriba había un zorro.
También medio devorado.
Después aparecieron los restos de un corzo joven.
Aquello hizo detenerse a Yuri.
Se agachó.
La carne se había congelado alrededor de las heridas.
Irina observó los árboles.
—No hay nada.
Yuri levantó la cabeza.
Volvió a escuchar.
Nada.
No se oían aves.
No había movimiento entre los arbustos.
No había animales huyendo de ellos.
Ni siquiera cuervos sobre los restos.
Aquella parte del bosque había sido vaciada.
No cazada.
Vaciada.
Yuri se incorporó.
—Muchos.
Irina lo miró.
—¿Qué?
—Los que han pasado por aquí.
Continuaron.
Entonces escucharon los primeros ladridos.
Lejanos.
Muchos.
Alcanzaron la cresta.
Y vieron el río.
III. EL PUENTE
Durante algunos segundos Yuri no entendió lo que estaba mirando.
Un enorme tronco atravesaba el cauce en diagonal.
Su extremo inferior había sido colocado en la otra ribera.
Desde allí ascendía hasta apoyarse contra la roca de la colina en la que estaban Yuri e Irina.
Una rampa.
Una escalera de asedio hecha con un árbol entero.
Y sobre ella subían kobolds.
Docenas.
Uno detrás de otro.
Lanzas.
Pequeños escudos.
Ballestas.
Más abajo, en la otra orilla, esperaba una masa mucho mayor.
Cientos, quizá.
Era imposible contarlos entre los árboles.
Se movían.
Ladraban.
Transportaban equipo.
Esperaban su turno para subir.
Yuri pensó en la granja.
En los muertos.
En los tres vigilantes.
En la ausencia de animales.
—Mierda.
Irina estaba pálida.
—Yuri.
—Sí.
Los primeros kobolds que ascendían todavía estaban lejos de alcanzar la cima.
Pero seguían subiendo.
Y detrás de ellos venían más.
Y más.
Y más.
Yuri miró dónde descansaba el extremo superior.
El tronco estaba encajado contra un saliente rocoso.
Era demasiado pesado para levantarlo.
Pero quizá no necesitaba levantarlo.
Solo desplazarlo.
Sacarlo de su asiento.
Miró a Irina.
—Hay que tirarlo.
—¿El árbol?
—Sí.
—Yuri, eso pesa...
—Sí.
—Hay kobolds encima.
—También.
—Y varios centenares abajo.
Yuri comenzó a quitarse el equipo que podía estorbarle.
—Ese es el motivo.
Irina lo miró como se mira a alguien que quizá ha perdido definitivamente el juicio.
—Eso no es un plan.
Yuri puso ambas manos contra el tronco.
—No tenemos otro.
Uno de los kobolds los vio.
Se detuvo.
Ladró.
Todo cambió.
Las ballestas se levantaron.
—¡Abajo!
El primer virote golpeó la roca.
El segundo pasó sobre Yuri.
Después llegaron seis.
Diez.
Veinte.
Las saetas comenzaron a rebotar alrededor.
Piedra.
Madera.
Nieve.
Yuri se pegó contra el saliente.
Una golpeó su hombrera.
Otra se clavó en el tronco.
Otra atravesó la capa.
—¡Irina!
Ella ya se estaba moviendo.
Buscó un ángulo hacia el apoyo inferior.
Yuri aprovechó el instante.
Plantó las botas.
Apoyó el hombro.
Empujó.
Nada.
El árbol no se movió.
Ni un dedo.
Yuri apretó los dientes.
—Claro.
Otra descarga.
Se agachó.
Las saetas silbaron encima.
Una se rompió contra la roca.
Otra golpeó la cota.
El impacto le arrancó el aire.
No penetró.
Bien.
Desde abajo llegaban ladridos.
Después una voz.
Común.
Mala.
Gutural.
—¡Mata manos!
Otra respondió.
—¡Rompe manos!
Yuri miró sus dedos apoyados en la corteza.
—Estupendo.
Algo golpeó la base del tronco.
No fue fuego.
Tampoco un proyectil que Yuri pudiera distinguir.
Solo un estremecimiento del aire.
La roca saltó en pequeños fragmentos.
Irina.
Yuri empujó.
El tronco se movió.
Muy poco.
Pero lo sintió.
—¡Otra vez!
Los kobolds continuaban ascendiendo.
Algunos habían levantado pequeños escudos sobre la cabeza.
Otros disparaban desde el propio tronco.
Una saeta se clavó a un palmo de la mano de Yuri.
Otra pasó entre él e Irina.
Otra rozó su mejilla.
Calor.
Sangre.
—¡Saetas!
La orden llegó desde la otra ribera.
Yuri levantó la cabeza.
Vio el cielo oscurecerse.
—¡Cúbrete!
La descarga cayó.
El sonido fue casi peor que los impactos.
Tac.
Tac.
Tac.
Tac.
Docenas.
Una lluvia seca golpeando piedra y madera.
Yuri se hizo pequeño detrás del saliente.
Irina desapareció tras otra roca.
Una saeta chocó contra la espalda de Yuri.
Otra quedó clavada en el cuero de su antebrazo sin atravesarlo.
Otra impactó a centímetros de su ojo.
Los disparos cesaron apenas un instante.
Yuri se levantó.
Empujó.
El tronco raspó contra la piedra.
Un palmo.
Ahora sí.
Los kobolds sobre él comenzaron a ladrar frenéticamente.
—¡Irina!
Un nuevo golpe sacudió la base.
Crac.
El apoyo inferior se resquebrajó.
Los kobolds siguieron subiendo.
Estaban más cerca.
Demasiado cerca.
Yuri distinguía ya los dientes.
Las puntas de las lanzas.
Los ojos.
Uno de los que llevaba ballesta se detuvo sobre el tronco.
Apuntó.
Yuri lo vio hacerlo.
No podía cubrirse.
Si soltaba el árbol, podía volver a asentarse.
El kobold disparó.
Yuri giró la cabeza.
La saeta pasó junto a su oreja.
Otra le golpeó la cota.
Otra la roca.
—¡Mata manos!
—¡Rompe hombre!
—¡Saetas!
Otra descarga.
Yuri no se apartó esta vez.
Apretó los dientes.
Empujó.
Una saeta golpeó su hombro.
Otra se clavó en la madera junto a su rostro.
Otra atravesó la parte suelta de la capa y la clavó al tronco.
Yuri tiró con violencia.
La tela se rasgó.
—¡Ahora, Irina!
Ella levantó una mano.
El aire pareció contraerse.
Algo golpeó abajo.
La roca estalló.
El tronco descendió unos centímetros.
Los kobolds sobre él perdieron el equilibrio.
Uno cayó.
Otro quedó colgando.
Yuri sintió el cambio de peso.
Ese era el momento.
Empujó.
Nada.
—Vamos...
Las piernas empezaban a arder.
La espalda también.
Empujó otra vez.
—Vamos.
Los kobolds ascendían.
Las saetas continuaban llegando.
Una pasó entre sus brazos.
Otra rebotó contra la piedra y se partió.
Otra alcanzó su protección.
Yuri rugió.
No contra los kobolds.
Contra el árbol.
Contra su peso.
Contra aquella maldita mañana.
—¡Vamos!
El tronco cedió.
Un palmo.
Luego otro.
Abajo, los kobolds comenzaron a chillar.
Irina descargó otra vez contra el apoyo.
Crac.
La piedra cedió.
Y entonces Yuri sintió que el tronco ya no descansaba correctamente sobre la roca.
Durante una fracción de segundo quedó suspendido en un equilibrio absurdo.
Podía volver a encajarse.
O caer.
Yuri empujó con todo lo que le quedaba.
—¡CAE!
El árbol se movió.
Esta vez no se detuvo.
Primero giró.
Luego resbaló.
Los kobolds que estaban sobre él comprendieron lo que ocurría.
Algunos intentaron retroceder.
Otros se agarraron a la corteza.
Uno saltó.
Después el peso hizo el resto.
El tronco se desprendió de la colina.
Y cayó.
El ruido fue enorme.
Madera contra piedra.
Después agua.
El río se levantó en una pared blanca.
Los kobolds desaparecieron entre espuma, ramas y corriente.
Algunos volvieron a salir.
Otros no.
El tronco giró y comenzó a ser arrastrado río abajo.
Durante un único instante Yuri se quedó mirando.
Había funcionado.
Contra toda lógica.
Había funcionado.
Entonces la otra orilla rugió.
Cientos de ladridos.
Gritos.
Amenazas.
—¡MATAD HUMANOS!
—¡ROMPEDLOS!
—¡MANOS!
—¡SAETAS!
Yuri alzó los ojos.
—Oh, mierda.
El cielo volvió a llenarse.
—¡Corre!
Irina no necesitó que se lo repitiera.
La primera descarga cayó detrás de ellos.
La segunda encima.
Yuri corrió agachado.
Saetas golpeaban la roca a ambos lados.
Una se clavó delante de su bota.
Otra rebotó contra su espalda.
Otra pasó por debajo de su brazo.
Irina iba unos pasos por delante.
Una saeta atravesó el borde de su capa.
—¡Irina!
—¡Sigue!
Siguió.
Detrás ladraban.
—¡MATA!
—¡SAETAS!
—¡MATA HUMANOS!
Y llegaban más.
Una tras otra.
No había pausa.
No había una retirada gloriosa.
No había tiempo para responder a los insultos.
Solo correr.
La nieve saltaba alrededor de sus botas.
La piedra escupía esquirlas.
Yuri escuchaba cada silbido y esperaba que el siguiente terminara en carne.
Llegaron al otro lado de la cresta.
Se arrojaron tras una formación rocosa.
Yuri respiró.
Una vez.
Otra.
Irina estaba allí.
Entera.
Yuri miró sus manos.
Diez dedos.
—No las han conseguido.
Irina lo miró, todavía jadeando.
—¿Qué?
Yuri levantó las manos.
—Mis manos.
Ella cerró los ojos.
Durante un segundo pareció debatirse entre reír y golpearlo.
Ganó lo primero.
Solo una risa.
Nerviosa.
Corta.
Después ambos callaron.
Al otro lado seguían oyéndose los kobolds.
Muchos.
El río era ahora lo único que los separaba.
IV. DESPUÉS DEL RÍO
Irina regresó hacia la granja.
Había que dar la alarma.
Yuri decidió cruzar el río más adelante y comprobar la otra ribera.
Quizá hubiese otro tronco.
Otro paso.
Otra sorpresa.
No encontró nada.
Cuando regresó hacia la granja vio soldados en el camino.
Soldados del reino.
También mercenarios.
Un pequeño pelotón avanzaba hacia el río.
Yuri levantó una mano.
El oficial ordenó detenerse.
—¿Quién sois?
—Yuri Kozlov.
—¿De dónde venís?
Yuri señaló hacia el río.
—De allí.
El oficial lo examinó.
La capa rota.
La sangre seca.
Las marcas de virotes.
—¿Qué ha ocurrido?
—Kobolds.
Uno de los mercenarios sonrió.
Yuri lo miró.
—Muchos.
El mercenario dejó de sonreír.
Yuri continuó.
—Busco a la dama Dimitrova.
El oficial levantó una ceja.
—¿Una mujer rubia?
—Sí.
Un soldado detrás soltó una risa.
—¿La mujer con muy malas pulgas?
Yuri lo pensó un instante.
—Esa.
El oficial sonrió.
—Nos ha puesto sobre aviso.
—Me lo imaginaba.
—Con bastante insistencia.
—También me lo imaginaba.
Yuri les explicó el puesto.
Los tres muertos.
La colina.
Los animales.
El tronco.
Los kobolds que ascendían.
El árbol cayendo.
Los cientos que esperaban en la otra ribera.
El oficial dejó de sonreír mucho antes de que terminara.
Ordenó continuar.
Yuri no fue con ellos.
Regresó a buscar a Irina.
Se encontraron cerca de la granja.
Había ya movimiento de soldados.
El granjero observaba desde su campo.
Irina estaba de pie junto al camino.
—He encontrado soldados —dijo ella.
—Yo también.
—Les he explicado lo que hemos visto.
—Eso me han dicho.
Irina lo miró.
—¿Qué te han dicho exactamente?
Yuri eligió sus palabras.
—Que fuiste muy persuasiva.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Persuasiva?
—Más o menos.
—Yuri.
Él comenzó a caminar hacia Astorga.
—Deberíamos volver.
Irina lo siguió.
—¿Qué dijeron?
—Nada importante.
—Yuri Kozlov.
—Mujer con malas pulgas.
Silencio.
Yuri aceleró ligeramente.
Irina lo alcanzó.
—¿Eso dijeron?
—No recuerdo quién.
—Claro.
Caminaron un rato.
Después Yuri habló.
—No nos van a pagar.
Irina lo miró como si aquello fuera la cosa más estúpida que había dicho en toda la mañana.
Lo cual suponía una competencia considerable.
—¿Eso te preocupa ahora?
—Nos han disparado mucho.
—Sí.
—Hemos tirado al río un tronco lleno de kobolds.
—También.
—Había cientos al otro lado.
—Los he visto.
—Me parece que debería existir alguna clase de recompensa.
Irina negó con la cabeza.
—Nadie creerá a dos recién llegados contando algo así.
—Exactamente.
—Los soldados lo comprobarán.
Yuri se encogió de hombros.
—Y mañana habrá sido el ejército quien descubrió la incursión.
—Nosotros avisamos.
—Una nota a pie de página.
Irina sonrió.
—Pobre Yuri.
—Gracias por comprenderlo.
—No era compasión.
—La acepto igualmente.
V. EL SIEMPRE AZUL
Cuando entraron en Astorga, el día estaba ya avanzado.
La ciudad seguía funcionando.
Eso fue quizá lo más extraño.
Mercaderes discutían.
Carros cruzaban las calles.
Guardias vigilaban las puertas.
La gente compraba pan.
Nadie parecía saber que unas horas antes cientos de kobolds habían estado cruzando el río.
Yuri pensó que así debía de funcionar el mundo.
Las desgracias importantes rara vez avisaban a todos antes de llegar.
Fueron al Siempre Azul.
No se quedaron abajo.
Subieron directamente a su habitación.
Habían pagado por la mejor que podían permitirse.
Una extravagancia.
Era amplia, limpia y tenía dos camas separadas, una mesa, un par de sillas, agua caliente y una ventana que cerraba correctamente.
Nada especialmente lujoso para los estándares de Astorga.
Después de aquella mañana, a Yuri le pareció casi principesco.
Se quitaron las ropas sucias.
La cota de Yuri tenía marcas de impactos.
Una de las piezas estaba ligeramente deformada.
La dejó sobre una silla junto a una de las camas.
Irina dejó la capa y su equipo junto a la otra.
Después se lavaron.
Agua caliente.
Barro desapareciendo.
Sangre seca.
Sudor.
Polvo.
Durante un buen rato ninguno dijo nada.
Cuando terminaron, Yuri sacó las cuatro botellas.
Irina las observó.
—Cuatro.
—El granjero sabía algo.
—Eso parece.
Yuri abrió una.
Sirvió.
Bebió.
El líquido le quemó la garganta.
Hizo una mueca.
—Por todos los infiernos.
Irina probó.
Tosió.
—Esto es horrible.
—Sí.
Yuri bebió otra vez.
—Muchísimo.
—Entonces ¿por qué sigues?
—Nos lo regalaron.
—Eso no mejora el sabor.
—Mejora muchísimo el precio.
Irina sonrió.
Yuri sirvió de nuevo.
Fuera comenzaba a nevar.
Suavemente.
Nada que preocupara a dos damaranos.
Durante unos minutos permanecieron allí disfrutando, sencillamente, de que nadie les disparase.
Yuri contempló el vaso.
Recordó el tronco.
Las manos contra la corteza.
Las saetas chocando contra la roca.
El kobold que había tenido tiempo de apuntarle.
Los disparos atravesando el aire mientras él seguía empujando.
La madera empezando a moverse.
La caída.
Y después la carrera.
Habían hecho algunas cosas bien.
Eso era cierto.
Habían pensado deprisa.
Irina había debilitado el apoyo.
Él había encontrado dónde empujar.
Habían actuado antes de que llegasen más kobolds a la cima.
Pero había otra verdad.
Mucho más sencilla.
Habían tenido una flor en el culo del tamaño de Damara.
Yuri levantó el vaso.
—Por Tymora.
Irina arqueó una ceja.
—¿Tymora?
—Creo que hoy nos ha mirado.
—¿Solo hoy?
—Hoy estaba especialmente atenta.
Irina apoyó la espalda contra la silla.
Yuri empezó a contar con los dedos.
—Cinco kobolds antes del amanecer.
Uno.
—Una granja atacada.
Dos.
—Tres mercenarios muertos.
Tres.
—Varios cientos de kobolds cruzando un río.
Cuatro.
—Y suficiente hierro volando hacia nosotros como para herrar a una compañía entera de caballería.
Irina levantó su copa.
—Y seguimos aquí.
Yuri chocó suavemente el vaso contra el suyo.
—Exactamente.
Bebió.
El licor seguía siendo horrible.
—Dama de la Fortuna —dijo mirando hacia el techo—, gracias por la flor en el culo.
Irina casi se atragantó.
—Yuri.
—¿Qué?
—Eso ha sido una oración horrible.
—Pero sincera.
—No creo que los sacerdotes de Tymora la utilicen.
—Deberían.
Irina rio.
Esta vez de verdad.
Yuri también.
Poco.
Porque el cansancio acababa imponiéndose.
Después se hizo silencio.
Fuera, Astorga continuaba con su vida.
En algún lugar río abajo flotaba un árbol enorme.
En la otra ribera habría kobolds furiosos buscando otra forma de cruzar.
Y soldados del reino estarían intentando decidir qué demonios había ocurrido aquella mañana.
Todo aquello podía esperar.
Yuri levantó una última vez el vaso hacia la ventana.
Había aprendido hacía mucho que un hombre podía sobrevivir por habilidad.
Por fuerza.
Por buenos compañeros.
O por suerte.
Los necios despreciaban la última.
Los muertos ya no podían hacerlo.
Bebió.
Aquella mañana, por una vez, Yuri Kozlov no pensaba discutir con Tymora.