5 Sep 2026, 14:44 #1
EL PUENTE ANTES DEL ALBA Relato de Yuri Kozlov e Irina Dimitrova




I. EL CAMINO DEL ESTE

Poco antes del amanecer, el camino del este parecía muerto.
La nieve endurecía los márgenes de la calzada y cubría los campos con una costra grisácea sobre la que empezaba a deslizarse la primera claridad del cielo. El viento bajaba desde las colinas, frío y húmedo, suficiente para mantener dentro de casa a cualquiera con un mínimo de sentido común.
A Yuri Kozlov no le impresionaba demasiado.
Irina Dimitrova tampoco parecía especialmente afectada.
Ambos eran damaranos y habían aprendido desde niños que el invierno era un problema solo cuando uno cometía la estupidez de no prepararse para él. Buenas botas, pieles, capas gruesas y guantes de cuero bastaban para convertir el frío de Oenwar en una molestia más.
Astorga quedaba detrás.
Delante, el camino descendía hacia el río.
Habían salido a cazar.
Nada más.
Carne para vender o llevar de vuelta a la posada. Alguna piel si tenían suerte. Quizá unas horas lejos de las calles de una ciudad que todavía no sentían como propia.
Yuri caminaba unos pasos por delante.
Irina iba detrás, con la capucha echada sobre el cabello.
Fue Yuri quien se detuvo.
No porque hubiese visto algo.
Precisamente por lo contrario.
Irina dio dos pasos más.
—¿Qué pasa?
Yuri levantó una mano.
Escuchó.
El viento.
Las ramas.
Su propia respiración.
Nada más.
No había pájaros.
Ni roedores entre la maleza.
Ni animales pequeños removiendo la nieve.
Ni siquiera el crujido lejano de algo huyendo al percibirlos.
Nada.
Yuri dejó caer lentamente la mano sobre la empuñadura de su espada.
—Irina.
Ella entendió por el tono.
No preguntó.
El primer virote cayó entre ambos.
La saeta golpeó una piedra y salió despedida hacia un lado.
La segunda pasó silbando sobre el hombro de Yuri.
Cinco kobolds salieron de la maleza.
Tres llevaban cuchillos y lanzas cortas.
Dos pequeñas ballestas.
Uno de ellos señaló directamente a Irina.
Comenzaron los ladridos.
Yuri no comprendió las palabras, si es que había alguna.
Pero vio cómo la señalaban.
Miró la capa de Irina.
Sus ropas.
La forma en que caminaba.
Para unas criaturas acostumbradas a asaltar campesinos y viajeros, probablemente parecía una dama acomodada acompañada por un único guardaespaldas.
Yuri soltó aire por la nariz.
—Creo que te han tomado por rica.
Irina observó a los kobolds.
—Qué decepción van a llevarse.
Los tres primeros cargaron.
Yuri fue hacia ellos.
No retrocedió para proteger a Irina.
Hizo exactamente lo contrario.
Avanzó para convertirse en lo único que aquellas criaturas tuviesen delante.
La primera lanza buscó su vientre.
Yuri apartó el asta con la bastarda.
La punta se desvió hacia la nieve.
Su hombro chocó contra el kobold y lo derribó.
El segundo llegó desde la derecha.
Yuri giró.
El acero bajó.
La criatura cayó con él.
El tercero frenó.
Solo un instante.
Demasiado.
Yuri avanzó.
Detrás sonó una ballesta.
Algo atravesó la penumbra.
Un resplandor pálido.
Una conmoción breve en el aire.
El kobold que había disparado fue arrancado de sus pies y desapareció entre los arbustos.
El segundo ballestero corrigió el tiro hacia Irina.
Otro destello.
Cayó.
Yuri apenas miró.
Había cosas cuyo funcionamiento podía esperar hasta después de que dejaran de intentar matarte.
El kobold que tenía delante consiguió bloquear la bastarda con el asta de su lanza.
La madera resistió el primer golpe.
No el segundo.
El asta se partió.
La criatura soltó los restos.
Y echó a correr.
Yuri fue tras ella.
Dos pasos.
Tres.
—Lo tengo.
El kobold estaba a punto de alcanzar los árboles.
Yuri aceleró.
Algo pasó junto a él.
La criatura dio una sacudida y cayó de bruces sobre la nieve.
Yuri frenó.
Miró al kobold.
Después giró la cabeza hacia Irina.
Ella bajó lentamente una mano.
—¿Qué?
Yuri volvió a mirar el cadáver.
—Nada.
—Parecía que ibas a perseguirlo.
—Lo estaba haciendo.
—Ya no.
Yuri envainó la espada.
Irina pasó junto a él.
—De nada.
—No he dicho gracias.
—No hacía falta.
Y siguieron caminando.






II. LOS MUERTOS DEL CAMINO


La luz fue creciendo lentamente.
Con ella aparecieron los campos.
Unas cercas.
Después una granja.
Y un hombre cavando.
Solo uno.
Una pala entrando una y otra vez en la tierra endurecida por el frío.
Yuri vio después los cuerpos.
Varios.
Estaban envueltos en mantas junto a la fosa.
El hombre continuó trabajando hasta que estuvieron bastante cerca.
Entonces levantó la cabeza.
Tenía el rostro de alguien que no había dormido.
Irina tomó la palabra.
—¿Qué ha ocurrido?
El granjero miró los cuerpos.
—Anoche.
Volvió a hundir la pala.
Irina esperó.
El hombre terminó por añadir:
—Kobolds.
Yuri observó la granja.
Parte de la cerca estaba rota.
Había sangre congelada cerca de la casa.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
El hombre dejó la pala apoyada.
—Muchos.
Miró hacia Astorga.
—Allí dicen que estos caminos son seguros.
Yuri masculló algo.
El granjero lo oyó.
—¿Qué habéis dicho?
—Nada.
Irina miró a Yuri.
Él suspiró.
—He dicho algo sobre guardias y ejércitos.
El granjero soltó una risa sin humor.
—En Astorga hay muchos.
Yuri contempló los muertos.
—Aquí parecen algo más escasos.
El hombre no respondió.
Irina señaló hacia el camino.
—¿Hay algún puesto de vigilancia?
—Un poco más abajo.
—¿Soldados?
—Mercenarios. Se han instalado cerca del puente.
El granjero recogió de nuevo la pala.
—Corren rumores. Dicen que varias tribus de kobolds se han juntado.
Irina miró hacia Yuri.
—¿Varias?
—Eso dicen.
El granjero los observó.
—Si vais hacia allí, id con cuidado.
Antes de que se marcharan, desapareció un momento dentro de la casa.
Regresó con cuatro pequeñas botellas.
Se las tendió.
—Licor.
Yuri las tomó.
—No hace tanto frío.
El hombre lo miró durante unos segundos.
—No son para el frío.
Yuri estudió una de las botellas.
Después asintió.
—Entiendo.
Aquello tenía bastante más sentido.
El puesto apareció junto al camino.
O lo que quedaba de él.
Era poco más que una defensa improvisada.
Dos carros atravesados parcialmente sobre la calzada.
Varias empalizadas bajas.
Troncos.
Piedras.
Una posición montada deprisa por hombres que esperaban problemas, pero probablemente no una guerra.
Parte de uno de los carros había ardido.
Una rueda estaba carbonizada.
La nieve cercana se había derretido y vuelto a congelar formando una costra negra y sucia.
Irina vio el primer muerto.
Yuri los contó.
Tres.
Uno detrás de una empalizada.
Otro junto a los restos quemados del carro.
El tercero había conseguido recorrer unos pocos pasos antes de caer.
Todos estaban atravesados por saetas.
Muchas.
Yuri se agachó junto a uno.
Examinó la herida.
Después otra.
Miró hacia el puente.
Irina siguió su mirada.
—¿Desde allí?
—No.
Yuri se levantó.
Caminó detrás de una de las empalizadas.
Había saetas clavadas en la cara interior de la madera.
Algunas habían entrado con un ángulo muy pronunciado.
Miró los cuerpos.
Las heridas.
Luego levantó los ojos.
La colina.
—Desde arriba.
Irina se volvió hacia ella.
—¿Los sorprendieron?
—Los vigías esperaban problemas desde el puente.
Yuri señaló la ladera.
—Les llegaron desde donde no estaban mirando.
Aquello explicaba los cuerpos.
Explicaba la dirección de las saetas.
Explicaba por qué tres hombres tras unas barricadas apenas habían podido defenderse.
Yuri se ajustó la correa de la espada.
—Voy a subir.
—¿Por qué?
—Porque quiero ver qué vieron ellos.
Irina lo acompañó.
La subida comenzó entre nieve intacta.
A mitad de la ladera encontraron el primer animal.
Un conejo.
Yacía abierto sobre la nieve.
No estaba completamente comido.
Un poco más arriba había un zorro.
También medio devorado.
Después aparecieron los restos de un corzo joven.
Aquello hizo detenerse a Yuri.
Se agachó.
La carne se había congelado alrededor de las heridas.
Irina observó los árboles.
—No hay nada.
Yuri levantó la cabeza.
Volvió a escuchar.
Nada.
No se oían aves.
No había movimiento entre los arbustos.
No había animales huyendo de ellos.
Ni siquiera cuervos sobre los restos.
Aquella parte del bosque había sido vaciada.
No cazada.
Vaciada.
Yuri se incorporó.
—Muchos.
Irina lo miró.
—¿Qué?
—Los que han pasado por aquí.
Continuaron.
Entonces escucharon los primeros ladridos.
Lejanos.
Muchos.
Alcanzaron la cresta.
Y vieron el río.




III. EL PUENTE



Durante algunos segundos Yuri no entendió lo que estaba mirando.


Un enorme tronco atravesaba el cauce en diagonal.


Su extremo inferior había sido colocado en la otra ribera.


Desde allí ascendía hasta apoyarse contra la roca de la colina en la que estaban Yuri e Irina.


Una rampa.


Una escalera de asedio hecha con un árbol entero.


Y sobre ella subían kobolds.


Docenas.


Uno detrás de otro.


Lanzas.


Pequeños escudos.


Ballestas.


Más abajo, en la otra orilla, esperaba una masa mucho mayor.


Cientos, quizá.


Era imposible contarlos entre los árboles.


Se movían.


Ladraban.


Transportaban equipo.


Esperaban su turno para subir.


Yuri pensó en la granja.


En los muertos.


En los tres vigilantes.


En la ausencia de animales.


—Mierda.


Irina estaba pálida.


—Yuri.


—Sí.


Los primeros kobolds que ascendían todavía estaban lejos de alcanzar la cima.


Pero seguían subiendo.


Y detrás de ellos venían más.


Y más.


Y más.


Yuri miró dónde descansaba el extremo superior.


El tronco estaba encajado contra un saliente rocoso.


Era demasiado pesado para levantarlo.


Pero quizá no necesitaba levantarlo.


Solo desplazarlo.


Sacarlo de su asiento.


Miró a Irina.


—Hay que tirarlo.


—¿El árbol?


—Sí.


—Yuri, eso pesa...


—Sí.


—Hay kobolds encima.


—También.


—Y varios centenares abajo.


Yuri comenzó a quitarse el equipo que podía estorbarle.


—Ese es el motivo.


Irina lo miró como se mira a alguien que quizá ha perdido definitivamente el juicio.


—Eso no es un plan.


Yuri puso ambas manos contra el tronco.


—No tenemos otro.


Uno de los kobolds los vio.


Se detuvo.


Ladró.


Todo cambió.


Las ballestas se levantaron.


—¡Abajo!


El primer virote golpeó la roca.


El segundo pasó sobre Yuri.


Después llegaron seis.


Diez.


Veinte.


Las saetas comenzaron a rebotar alrededor.


Piedra.


Madera.


Nieve.


Yuri se pegó contra el saliente.


Una golpeó su hombrera.


Otra se clavó en el tronco.


Otra atravesó la capa.


—¡Irina!


Ella ya se estaba moviendo.


Buscó un ángulo hacia el apoyo inferior.


Yuri aprovechó el instante.


Plantó las botas.


Apoyó el hombro.


Empujó.


Nada.


El árbol no se movió.


Ni un dedo.


Yuri apretó los dientes.


—Claro.


Otra descarga.


Se agachó.


Las saetas silbaron encima.


Una se rompió contra la roca.


Otra golpeó la cota.


El impacto le arrancó el aire.


No penetró.


Bien.


Desde abajo llegaban ladridos.


Después una voz.


Común.


Mala.


Gutural.


—¡Mata manos!


Otra respondió.


—¡Rompe manos!


Yuri miró sus dedos apoyados en la corteza.


—Estupendo.


Algo golpeó la base del tronco.


No fue fuego.


Tampoco un proyectil que Yuri pudiera distinguir.


Solo un estremecimiento del aire.


La roca saltó en pequeños fragmentos.


Irina.


Yuri empujó.


El tronco se movió.


Muy poco.


Pero lo sintió.


—¡Otra vez!


Los kobolds continuaban ascendiendo.


Algunos habían levantado pequeños escudos sobre la cabeza.


Otros disparaban desde el propio tronco.


Una saeta se clavó a un palmo de la mano de Yuri.


Otra pasó entre él e Irina.


Otra rozó su mejilla.


Calor.


Sangre.


—¡Saetas!


La orden llegó desde la otra ribera.


Yuri levantó la cabeza.


Vio el cielo oscurecerse.


—¡Cúbrete!


La descarga cayó.


El sonido fue casi peor que los impactos.


Tac.


Tac.


Tac.


Tac.


Docenas.


Una lluvia seca golpeando piedra y madera.


Yuri se hizo pequeño detrás del saliente.


Irina desapareció tras otra roca.


Una saeta chocó contra la espalda de Yuri.


Otra quedó clavada en el cuero de su antebrazo sin atravesarlo.


Otra impactó a centímetros de su ojo.


Los disparos cesaron apenas un instante.


Yuri se levantó.


Empujó.


El tronco raspó contra la piedra.


Un palmo.


Ahora sí.


Los kobolds sobre él comenzaron a ladrar frenéticamente.


—¡Irina!


Un nuevo golpe sacudió la base.


Crac.


El apoyo inferior se resquebrajó.


Los kobolds siguieron subiendo.


Estaban más cerca.


Demasiado cerca.


Yuri distinguía ya los dientes.


Las puntas de las lanzas.


Los ojos.


Uno de los que llevaba ballesta se detuvo sobre el tronco.


Apuntó.


Yuri lo vio hacerlo.


No podía cubrirse.


Si soltaba el árbol, podía volver a asentarse.


El kobold disparó.


Yuri giró la cabeza.


La saeta pasó junto a su oreja.


Otra le golpeó la cota.


Otra la roca.


—¡Mata manos!


—¡Rompe hombre!


—¡Saetas!


Otra descarga.


Yuri no se apartó esta vez.


Apretó los dientes.


Empujó.


Una saeta golpeó su hombro.


Otra se clavó en la madera junto a su rostro.


Otra atravesó la parte suelta de la capa y la clavó al tronco.


Yuri tiró con violencia.


La tela se rasgó.


—¡Ahora, Irina!


Ella levantó una mano.


El aire pareció contraerse.


Algo golpeó abajo.


La roca estalló.


El tronco descendió unos centímetros.


Los kobolds sobre él perdieron el equilibrio.


Uno cayó.


Otro quedó colgando.


Yuri sintió el cambio de peso.


Ese era el momento.


Empujó.


Nada.


—Vamos...


Las piernas empezaban a arder.


La espalda también.


Empujó otra vez.


—Vamos.


Los kobolds ascendían.


Las saetas continuaban llegando.


Una pasó entre sus brazos.


Otra rebotó contra la piedra y se partió.


Otra alcanzó su protección.


Yuri rugió.


No contra los kobolds.


Contra el árbol.


Contra su peso.


Contra aquella maldita mañana.


—¡Vamos!


El tronco cedió.


Un palmo.


Luego otro.


Abajo, los kobolds comenzaron a chillar.


Irina descargó otra vez contra el apoyo.


Crac.


La piedra cedió.


Y entonces Yuri sintió que el tronco ya no descansaba correctamente sobre la roca.


Durante una fracción de segundo quedó suspendido en un equilibrio absurdo.


Podía volver a encajarse.


O caer.


Yuri empujó con todo lo que le quedaba.


—¡CAE!


El árbol se movió.


Esta vez no se detuvo.


Primero giró.


Luego resbaló.


Los kobolds que estaban sobre él comprendieron lo que ocurría.


Algunos intentaron retroceder.


Otros se agarraron a la corteza.


Uno saltó.


Después el peso hizo el resto.


El tronco se desprendió de la colina.


Y cayó.


El ruido fue enorme.


Madera contra piedra.


Después agua.


El río se levantó en una pared blanca.


Los kobolds desaparecieron entre espuma, ramas y corriente.


Algunos volvieron a salir.


Otros no.


El tronco giró y comenzó a ser arrastrado río abajo.


Durante un único instante Yuri se quedó mirando.


Había funcionado.


Contra toda lógica.


Había funcionado.


Entonces la otra orilla rugió.


Cientos de ladridos.


Gritos.


Amenazas.


—¡MATAD HUMANOS!


—¡ROMPEDLOS!


—¡MANOS!


—¡SAETAS!


Yuri alzó los ojos.


—Oh, mierda.


El cielo volvió a llenarse.


—¡Corre!


Irina no necesitó que se lo repitiera.


La primera descarga cayó detrás de ellos.


La segunda encima.


Yuri corrió agachado.


Saetas golpeaban la roca a ambos lados.


Una se clavó delante de su bota.


Otra rebotó contra su espalda.


Otra pasó por debajo de su brazo.


Irina iba unos pasos por delante.


Una saeta atravesó el borde de su capa.


—¡Irina!


—¡Sigue!


Siguió.


Detrás ladraban.


—¡MATA!


—¡SAETAS!


—¡MATA HUMANOS!


Y llegaban más.


Una tras otra.


No había pausa.


No había una retirada gloriosa.


No había tiempo para responder a los insultos.


Solo correr.


La nieve saltaba alrededor de sus botas.


La piedra escupía esquirlas.


Yuri escuchaba cada silbido y esperaba que el siguiente terminara en carne.


Llegaron al otro lado de la cresta.


Se arrojaron tras una formación rocosa.


Yuri respiró.


Una vez.


Otra.


Irina estaba allí.


Entera.


Yuri miró sus manos.


Diez dedos.


—No las han conseguido.


Irina lo miró, todavía jadeando.


—¿Qué?


Yuri levantó las manos.


—Mis manos.


Ella cerró los ojos.


Durante un segundo pareció debatirse entre reír y golpearlo.


Ganó lo primero.


Solo una risa.


Nerviosa.


Corta.


Después ambos callaron.


Al otro lado seguían oyéndose los kobolds.


Muchos.


El río era ahora lo único que los separaba.







IV. DESPUÉS DEL RÍO



Irina regresó hacia la granja.


Había que dar la alarma.


Yuri decidió cruzar el río más adelante y comprobar la otra ribera.


Quizá hubiese otro tronco.


Otro paso.


Otra sorpresa.


No encontró nada.


Cuando regresó hacia la granja vio soldados en el camino.


Soldados del reino.


También mercenarios.


Un pequeño pelotón avanzaba hacia el río.


Yuri levantó una mano.


El oficial ordenó detenerse.


—¿Quién sois?


—Yuri Kozlov.


—¿De dónde venís?


Yuri señaló hacia el río.


—De allí.


El oficial lo examinó.


La capa rota.


La sangre seca.


Las marcas de virotes.


—¿Qué ha ocurrido?


—Kobolds.


Uno de los mercenarios sonrió.


Yuri lo miró.


—Muchos.


El mercenario dejó de sonreír.


Yuri continuó.


—Busco a la dama Dimitrova.


El oficial levantó una ceja.


—¿Una mujer rubia?


—Sí.


Un soldado detrás soltó una risa.


—¿La mujer con muy malas pulgas?


Yuri lo pensó un instante.


—Esa.


El oficial sonrió.


—Nos ha puesto sobre aviso.


—Me lo imaginaba.


—Con bastante insistencia.


—También me lo imaginaba.


Yuri les explicó el puesto.


Los tres muertos.


La colina.


Los animales.


El tronco.


Los kobolds que ascendían.


El árbol cayendo.


Los cientos que esperaban en la otra ribera.


El oficial dejó de sonreír mucho antes de que terminara.


Ordenó continuar.


Yuri no fue con ellos.


Regresó a buscar a Irina.


Se encontraron cerca de la granja.


Había ya movimiento de soldados.


El granjero observaba desde su campo.


Irina estaba de pie junto al camino.


—He encontrado soldados —dijo ella.


—Yo también.


—Les he explicado lo que hemos visto.


—Eso me han dicho.


Irina lo miró.


—¿Qué te han dicho exactamente?


Yuri eligió sus palabras.


—Que fuiste muy persuasiva.


Ella entrecerró los ojos.


—¿Persuasiva?


—Más o menos.


—Yuri.


Él comenzó a caminar hacia Astorga.


—Deberíamos volver.


Irina lo siguió.


—¿Qué dijeron?


—Nada importante.


—Yuri Kozlov.


—Mujer con malas pulgas.


Silencio.


Yuri aceleró ligeramente.


Irina lo alcanzó.


—¿Eso dijeron?


—No recuerdo quién.


—Claro.


Caminaron un rato.


Después Yuri habló.


—No nos van a pagar.


Irina lo miró como si aquello fuera la cosa más estúpida que había dicho en toda la mañana.


Lo cual suponía una competencia considerable.


—¿Eso te preocupa ahora?


—Nos han disparado mucho.


—Sí.


—Hemos tirado al río un tronco lleno de kobolds.


—También.


—Había cientos al otro lado.


—Los he visto.


—Me parece que debería existir alguna clase de recompensa.


Irina negó con la cabeza.


—Nadie creerá a dos recién llegados contando algo así.


—Exactamente.


—Los soldados lo comprobarán.


Yuri se encogió de hombros.


—Y mañana habrá sido el ejército quien descubrió la incursión.


—Nosotros avisamos.


—Una nota a pie de página.


Irina sonrió.


—Pobre Yuri.


—Gracias por comprenderlo.


—No era compasión.


—La acepto igualmente.






V. EL SIEMPRE AZUL



Cuando entraron en Astorga, el día estaba ya avanzado.


La ciudad seguía funcionando.


Eso fue quizá lo más extraño.


Mercaderes discutían.


Carros cruzaban las calles.


Guardias vigilaban las puertas.


La gente compraba pan.


Nadie parecía saber que unas horas antes cientos de kobolds habían estado cruzando el río.


Yuri pensó que así debía de funcionar el mundo.


Las desgracias importantes rara vez avisaban a todos antes de llegar.


Fueron al Siempre Azul.


No se quedaron abajo.


Subieron directamente a su habitación.


Habían pagado por la mejor que podían permitirse.


Una extravagancia.


Era amplia, limpia y tenía dos camas separadas, una mesa, un par de sillas, agua caliente y una ventana que cerraba correctamente.


Nada especialmente lujoso para los estándares de Astorga.


Después de aquella mañana, a Yuri le pareció casi principesco.


Se quitaron las ropas sucias.


La cota de Yuri tenía marcas de impactos.


Una de las piezas estaba ligeramente deformada.


La dejó sobre una silla junto a una de las camas.


Irina dejó la capa y su equipo junto a la otra.


Después se lavaron.


Agua caliente.


Barro desapareciendo.


Sangre seca.


Sudor.


Polvo.


Durante un buen rato ninguno dijo nada.


Cuando terminaron, Yuri sacó las cuatro botellas.


Irina las observó.


—Cuatro.


—El granjero sabía algo.


—Eso parece.


Yuri abrió una.


Sirvió.


Bebió.


El líquido le quemó la garganta.


Hizo una mueca.


—Por todos los infiernos.


Irina probó.


Tosió.


—Esto es horrible.


—Sí.


Yuri bebió otra vez.


—Muchísimo.


—Entonces ¿por qué sigues?


—Nos lo regalaron.


—Eso no mejora el sabor.


—Mejora muchísimo el precio.


Irina sonrió.


Yuri sirvió de nuevo.


Fuera comenzaba a nevar.


Suavemente.


Nada que preocupara a dos damaranos.


Durante unos minutos permanecieron allí disfrutando, sencillamente, de que nadie les disparase.


Yuri contempló el vaso.


Recordó el tronco.


Las manos contra la corteza.


Las saetas chocando contra la roca.


El kobold que había tenido tiempo de apuntarle.


Los disparos atravesando el aire mientras él seguía empujando.


La madera empezando a moverse.


La caída.


Y después la carrera.


Habían hecho algunas cosas bien.


Eso era cierto.


Habían pensado deprisa.


Irina había debilitado el apoyo.


Él había encontrado dónde empujar.


Habían actuado antes de que llegasen más kobolds a la cima.


Pero había otra verdad.


Mucho más sencilla.


Habían tenido una flor en el culo del tamaño de Damara.


Yuri levantó el vaso.


—Por Tymora.


Irina arqueó una ceja.


—¿Tymora?


—Creo que hoy nos ha mirado.


—¿Solo hoy?


—Hoy estaba especialmente atenta.


Irina apoyó la espalda contra la silla.


Yuri empezó a contar con los dedos.


—Cinco kobolds antes del amanecer.


Uno.


—Una granja atacada.


Dos.


—Tres mercenarios muertos.


Tres.


—Varios cientos de kobolds cruzando un río.


Cuatro.


—Y suficiente hierro volando hacia nosotros como para herrar a una compañía entera de caballería.


Irina levantó su copa.


—Y seguimos aquí.


Yuri chocó suavemente el vaso contra el suyo.


—Exactamente.


Bebió.


El licor seguía siendo horrible.


—Dama de la Fortuna —dijo mirando hacia el techo—, gracias por la flor en el culo.


Irina casi se atragantó.


—Yuri.


—¿Qué?


—Eso ha sido una oración horrible.


—Pero sincera.


—No creo que los sacerdotes de Tymora la utilicen.


—Deberían.


Irina rio.


Esta vez de verdad.


Yuri también.


Poco.


Porque el cansancio acababa imponiéndose.


Después se hizo silencio.


Fuera, Astorga continuaba con su vida.


En algún lugar río abajo flotaba un árbol enorme.


En la otra ribera habría kobolds furiosos buscando otra forma de cruzar.


Y soldados del reino estarían intentando decidir qué demonios había ocurrido aquella mañana.


Todo aquello podía esperar.


Yuri levantó una última vez el vaso hacia la ventana.


Había aprendido hacía mucho que un hombre podía sobrevivir por habilidad.


Por fuerza.


Por buenos compañeros.


O por suerte.


Los necios despreciaban la última.


Los muertos ya no podían hacerlo.


Bebió.


Aquella mañana, por una vez, Yuri Kozlov no pensaba discutir con Tymora.

5 Sep 2026, 14:44 #2

EL PRECIO DE LAS COSAS


Relato de Yuri Kozlov e Irina Dimitrova




I. UNA NECESIDAD


Todo comenzó con unas botas.

Al menos eso sostuvo Irina después.

Yuri recordaba la conversación de otra manera.

—Necesito unas botas.

Yuri levantó la vista de la piedra de afilar.

Las botas de Irina estaban junto a su cama.

Cuero bueno.

Suela gruesa.

Costuras intactas.

Las habían traído desde Damara y habían sobrevivido al viaje, al barro de Astorga, a la nieve, a los kobolds y a varias decisiones cuestionables de sus propietarios.

Yuri las miró.

Después miró a Irina.

—Tienes botas.

—Necesito otras.

—Eso es distinto.

Irina estaba delante del pequeño espejo de la habitación del Siempre Azul, recogiéndose el cabello.

—Estas están estropeadas.

Yuri volvió a mirar las botas.

Una de ellas tenía una mancha.

No una rotura.

No una costura abierta.

Una mancha.

—Eso es barro.

—Lo sé.

—Se limpia.

Irina lo observó a través del espejo.

—Yuri.

Él conocía aquel tono.

Lo conocía desde hacía muchos años.

Había diferentes clases de Yuri.

El Yuri que hablaba con soldados.

El Yuri que hablaba con mercenarios.

El Yuri que hablaba con hombres borrachos en callejones.

El Yuri que hablaba con alguien que tenía un cuchillo y pensaba emplearlo.

Y luego estaba el Yuri que hablaba con Irina Dimitrova cuando Irina Dimitrova había decidido que necesitaba algo.

Ese último necesitaba más paciencia que todos los anteriores juntos.

—¿Cuánto piensas gastar?

Irina terminó de colocarse el cabello.

—No lo sé.

Mala respuesta.

Muy mala respuesta.

Yuri dejó la piedra de afilar.

—Irina.

—¿Qué?

—¿Cuánto?

—Dependerá de lo que encuentre.

Peor.

Mucho peor.

—Tenemos que comprar comida.

—Lo sé.

—Aceite.

—Sí.

—Una correa nueva para mi petate.

—Naturalmente.

—Y quiero mirar cuánto cobran por reparar la cota.

Irina se volvió.

—Precisamente.

—¿Precisamente qué?

—Necesitamos ir de compras.

Yuri se quedó mirándola.

Hubo un tiempo, años atrás, en que había creído que combatir era complicado.

Después había conocido mejor a los Dimitrov.

Suspiró.

—Las botas primero.

Irina sonrió.

Aquello debió advertirle.



II. LA CALLE DE LOS MERCADERES


Astorga tenía una virtud que Irina empezó a apreciar en cuanto atravesaron el mercado.

Se podía comprar casi cualquier cosa.

Tenía también un defecto que Yuri descubrió inmediatamente.

Irina quería comprobarlo personalmente.

Había puestos de paños.

Artesanos.

Curtidores.

Orfebres.

Especieros.

Vendedores de aceites, frutas secas, cerámica, herramientas, armas y objetos cuya utilidad Yuri no consiguió determinar.

Irina caminaba despacio.

Demasiado despacio.

Observándolo todo.

Tocando telas.

Preguntando precios.

Comparando calidades.

Yuri la siguió durante los primeros veinte minutos.

Después empezó a reconocer el patrón.

Irina cogía algo.

Preguntaba el precio.

Fruncía ligeramente la nariz.

El comerciante rebajaba un poco.

Irina dejaba el objeto.

El comerciante rebajaba otro poco.

Irina se alejaba.

El comerciante la llamaba.

Entonces comenzaba la verdadera negociación.

Yuri observó aquello desde cierta distancia.

La tercera vez empezó a divertirse.

La quinta empezó a preocuparse.

En el puesto de un mercader de paños encontró finalmente una explicación.

Irina sostenía entre los dedos una tela azul oscuro.

—Doce.

El comerciante negó.

—Quince.

—Acabas de decir catorce.

—Antes de que la dama encontrara ese defecto.

Irina señaló un hilo apenas visible.

—Porque tiene un defecto.

—Una irregularidad del tejido.

—Un defecto.

—Catorce.

—Once.

—Trece.

—Diez.

El hombre parpadeó.

—¿Cómo hemos bajado de once?

—Me estás haciendo perder el tiempo.

Yuri tuvo que mirar hacia otro lado.

El mercader apretó los labios.

—Doce.

Irina dejó la tela.

—Vamos, Yuri.

Dio tres pasos.

—Once y medio.

Irina continuó.

—¡Once!

Se detuvo.

Giró lentamente.

—Y una vara de cinta.

—¿Qué?

—Azul.

—Eso cuesta—

Irina volvió a caminar.

—Está bien.

El hombre levantó las manos.

—Está bien.

Irina regresó.

Pagó.

Recogió la tela.

Y siguió calle abajo con una expresión de profunda satisfacción.

Yuri la alcanzó.

—No necesitábamos tela.

—Ahora sí.

—¿Para qué?

Irina lo miró como si hubiese formulado una pregunta particularmente triste.

—Para hacer algo con ella.

—Eso aclara muchísimo las cosas.

—Has visto cuánto he conseguido rebajar.

—He visto que hemos gastado once monedas en algo que no pensábamos comprar.

—Once y una cinta.

—Ah.

Yuri asintió.

—Entonces prácticamente hemos ganado dinero.

Irina sonrió.

—Exactamente.

Yuri la miró.

Aquello era inquietante.

—No era un elogio.

—Lo sé.



III. LA DAMA DE ORO


Las botas aparecieron media hora después.

Eran buenas.

Yuri tuvo que admitirlo.

Cuero negro.

Suela reforzada.

Interior forrado.

Costura doble.

Unas botas pensadas para durar.

Irina se las probó.

Caminó unos pasos.

El zapatero observó esperanzado.

—Excelentes para una dama.

Irina hizo una mueca.

—Son cómodas.

—El mejor cuero.

Yuri examinó una costura.

—Segundo mejor.

El zapatero lo miró.

—¿Perdón?

Yuri dobló ligeramente el cuero.

—Esto es lomo. Bueno. Pero no es el corte que usáis aquí.

Señaló otro par.

—Aquellas sí.

El hombre dejó de sonreír.

Irina miró a Yuri.

Después las botas.

Después las otras.

—Quiero aquellas.

Yuri cerró los ojos.

Solo un instante.

—Son más caras —advirtió el zapatero.

—Ya lo imagino.

—Irina.

Ella se volvió hacia Yuri.

—¿Qué?

—Las primeras sirven.

—Has dicho que las otras son mejores.

—No he dicho que las compremos.

—Entonces ¿para qué me lo dices?

Yuri abrió la boca.

La cerró.

Había cometido un error táctico.

Grave.

—¿Cuánto? —preguntó.

El zapatero dio el precio.

Yuri soltó una risa.

No especialmente alegre.

—No.

—Es cuero de primera.

—No.

—Trabajo de—

—No.

Irina cruzó los brazos.

—Yuri.

—No.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Te conozco.

—Eso ha sonado ofensivo.

—Era preventivo.

Irina se quitó lentamente una de las botas.

—Bien.

Demasiado tranquila.

Yuri la observó.

—¿Bien?

—Bien.

Se quitó la otra.

—Compraremos las baratas.

Yuri sintió inmediatamente que aquello no era una victoria.

Irina volvió a ponerse sus botas viejas.

—Después de todo, solo soy Irina Dimitrova.

Ah.

Ahí estaba.

—No empieces.

—No he empezado nada.

—Irina.

—Una recién llegada sin posición, sin casa, sin criados y aparentemente sin derecho siquiera a unas botas decentes.

El zapatero miró a Yuri.

Yuri miró al zapatero.

El hombre tuvo la sabiduría de empezar a ordenar unas cajas.

—Tienes unas botas decentes.

—Manchadas.

—De barro.

—Exacto.

Irina se ajustó la capa.

—Mi padre habría comprado las otras.

—Tu padre vendía pieles.

—Mi padre entendía la importancia de la apariencia.

—Tu padre entendía la importancia de venderle cosas caras a gente como tú.

Irina lo fulminó con la mirada.

Yuri continuó:

—Y precisamente por eso tenía dinero.

Silencio.

El zapatero dejó caer una caja.

Nadie lo miró.

Irina habló despacio.

—Eres insoportable.

—Y tú quieres comprar unas botas que cuestan lo mismo que alimentar una semana a cuatro hombres.

—No tenemos cuatro hombres.

—Podríamos tenerlos.

—No quiero cuatro hombres.

—Entonces seguimos ahorrando.

Irina entrecerró los ojos.

—Waukeen te castigará.

Yuri arqueó una ceja.

—¿Por no gastar?

—Por impedir una transacción.

—Creo que la Señora de Oro aprecia que uno conserve algo de oro.

—También aprecia el comercio.

—Estupendo. Que las compre ella.

El zapatero tosió.

Algo parecido a una risa había intentado escapar.

Irina giró la cabeza.

El hombre se puso muy serio.

Yuri dejó sobre el mostrador el dinero de las botas buenas.

Las primeras.

No las mejores.

—Estas.

Irina bajó la vista hacia las monedas.

Después hacia él.

—Te odio.

—Ya.

—Muchísimo.

—Póntelas.

Irina se las puso.

Le quedaban perfectamente.

—Son horribles.

—Hace cinco minutos eran cómodas.

—He cambiado de opinión.

—Qué sorpresa.

Salieron.

Irina caminó veinte pasos en silencio.

Veinticinco.

Treinta.

—Son bastante cómodas.

Yuri no respondió.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Pero lo estabas pensando.

—Eso todavía es gratis.



IV. UN CONOCIDO


La siguiente parada no estaba prevista.

Yuri vio al hombre antes de que el hombre lo viera a él.

Estaba apoyado contra la entrada de una taberna estrecha, hablando con otro individuo.

Chaqueta marrón.

Cuchillo a la izquierda.

Otro probablemente en la bota.

La clase de hombre que miraba las manos antes que el rostro.

Yuri redujo el paso.

Irina siguió dos pasos más antes de darse cuenta.

—¿Qué?

—Espera.

—¿Por qué?

El desconocido levantó la vista.

Reconoció algo en Yuri.

No a Yuri.

Algo.

La manera de estar.

La espada.

La distancia.

La forma de observar una calle sin parecer que la observaba.

Se separó de la pared.

—Forastero.

—Local.

El hombre sonrió.

—Depende del día.

Yuri señaló la correa rota de su petate.

—Busco cuero.

—Hay curtidores.

—Barato.

El hombre sonrió un poco más.

—También hay curtidores baratos.

Irina miró de uno al otro.

—Yuri.

—Espera.

—No me gusta este hombre.

El desconocido la miró.

—Eso hiere.

—Sobrevivirás.

—Probablemente.

Yuri empezó a sonreír.

Muy poco.

—Me cae bien.

Irina lo miró con auténtica decepción.

—Naturalmente.

El hombre los condujo por una calle lateral.

Después otra.

Irina se detuvo.

—No.

Yuri se volvió.

—¿Qué?

—No voy a meterme en un callejón con ese hombre.

El desconocido levantó las manos.

—Razonable.

—Tú cállate.

—También razonable.

Yuri señaló el callejón.

—Conozco el tipo.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

—Vende mercancía.

—¿Robada?

Yuri miró al hombre.

El hombre miró a Yuri.

—Mercancía.

Irina abrió mucho los ojos.

—Oh, perfecto.

—No necesitamos preguntar más.

—Necesitamos preguntar muchísimo más.

Yuri se acercó a ella y bajó la voz.

—Una correa.

—Robada.

—No sabes eso.

—Yuri.

—Irina.

—Podrían detenernos.

—Por comprar una correa.

—Por receptación.

Yuri frunció el ceño.

—¿Desde cuándo conoces esa palabra?

—Mi familia comerciaba, no éramos imbéciles.

Desde el callejón llegó la voz del hombre.

—¿Venís?

Irina respondió:

—¡No!

Yuri respondió al mismo tiempo:

—Sí.

Se miraron.

El hombre del callejón esperó.

Finalmente Irina suspiró.

—Como acabemos en una mazmorra voy a decir que soy tu rehén.

—Vestida así nadie va a creerte.

Irina miró su capa.

—¿Qué tiene mi ropa?

Yuri empezó a caminar.

—Nada.

—Yuri.

—Nada.

—¿Qué has querido decir?

El hombre del callejón observó acercarse a Yuri.

—Tiene carácter.

—No sabes cuánto.

—Te he oído —dijo Irina.

—Lo sé.



V. NEGOCIOS


El almacén resultó menos criminal de lo esperado.

Lo cual no significaba que fuera legal.

Había herramientas.

Cuerdas.

Hebillas.

Cuero.

Dos espadas.

Una ballesta sin cuerda.

Tres cajas cerradas.

Y una cantidad sorprendente de cubiertos.

Irina observó estos últimos.

—No quiero saberlo.

—Buena política —dijo el vendedor.

Yuri encontró una correa.

Buena.

Resistente.

—Tres.

—Cinco.

—Dos.

El hombre lo miró.

—Has empezado más bajo que yo.

—Sí.

—Eso no es negociar.

—Claro que sí.

—Cuatro.

—Dos.

—Tres.

—Dos y te compro esas hebillas.

El hombre observó las hebillas.

—Tres con hebillas.

—Dos.

—Dos y media.

Yuri sacó las monedas.

—Hecho.

Irina contempló la escena.

Algo cambió en su rostro.

Yuri lo vio demasiado tarde.

Ella había descubierto algo.

—¿Qué más tienes?

Yuri se volvió inmediatamente.

—No.

El hombre sonrió.

—Muchas cosas.

—No.

Irina abrió una pequeña caja.

Dentro había broches.

Anillos.

Cadenas.

—Irina.

—Estoy mirando.

—No.

—No he pedido nada.

—Todavía.

Cogió un broche.

Plata.

Pequeño.

Forma de hoja.

—¿Cuánto?

El hombre dio una cifra.

Irina soltó una carcajada.

El vendedor la miró.

Yuri también.

—¿Qué? —preguntó Irina—. Es absurdo.

Dejó el broche.

—La plata está mal trabajada, el cierre ha sido reparado y esa piedra no vale ni la mitad de lo que pretendes.

El hombre dejó de sonreír.

Irina cogió otro.

—Este es mejor.

Lo giró.

—Pero está arañado.

Otro.

—Este está bien.

Miró al vendedor.

—Tres.

—Ocho.

—Cuatro.

—Siete.

—Cuatro.

—Seis.

—No lo quiero tanto.

Lo dejó.

El hombre suspiró.

—Cinco.

Irina sonrió.

—Cuatro.

—Cinco.

—Cuatro y compras tú la cerveza.

Yuri miró a Irina.

Después al vendedor.

El hombre empezó a reír.

—Cuatro y media.

—Hecho.

Irina sacó las monedas.

Yuri seguía mirándola.

Ella recogió el broche.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás poniendo esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de que quieres decir algo desagradable.

—Estoy impresionado.

Irina pareció desconcertada.

—¿De verdad?

—Sí.

Ella sonrió.

—Mi padre me enseñó a negociar.

—Se nota.

—Decía que pagar el primer precio es insultar a Waukeen.

El vendedor levantó un dedo.

—Hombre sabio.

Irina señaló a Yuri.

—Él quería pagar quince por unas botas.

—Mentira.

—Prácticamente.

—Eran las botas que tú querías.

—Pero tú ibas a pagarlas.

El vendedor miró a Yuri con compasión.

Yuri recogió su correa.

—Nos vamos.

—Espera.

Irina había visto algo más.

Un pequeño frasco.

Cristal fino.

Tapón trabajado.

Lo abrió.

Olfateó.

Yuri vio la expresión.

—No.

—Cállate.

—No has preguntado el precio.

—Precisamente.

El vendedor sonrió.

—Perfume de Calimshan.

Yuri volvió a mirar el frasco.

—No.

Irina lo ignoró.

—¿Cuánto?

El hombre dijo la cifra.

Esta vez fue Yuri quien se rio.

—Por ese dinero debería venir una calishita dentro.

Irina le dio un golpe con el dorso de la mano en el brazo.

—Cerdo.

El vendedor se estaba divirtiendo demasiado.

—Es auténtico.

Irina volvió a olerlo.

—No.

—Lo es.

—No.

Dejó el frasco.

—Tiene aceite de rosa, ámbar y algo cítrico. Bueno. Pero no viene de Calimshan.

El hombre la estudió.

—Amn.

—Probablemente.

Silencio.

—¿Cuánto?

El precio bajó casi a la mitad.

Yuri miró a Irina.

Irina miró a Yuri.

Yuri negó con la cabeza.

Irina sonrió dulcemente.

Mala señal.

—Yuri.

—No.

—No te he pedido nada.

—Lo vas a hacer.

—Me ofende que pienses tan mal de mí.

—Irina.

Ella cogió el frasco.

—Después de todo lo que hemos pasado...

—No.

—Después de abandonar Damara...

—No.

—Después de los kobolds...

—No utilices los kobolds para comprar perfume.

El vendedor se giró.

Sus hombros empezaron a moverse.

Estaba riéndose.

—Casi muero.

—Yo también.

—Precisamente.

—¿Precisamente qué?

Irina abrió las manos.

—Hay que disfrutar de la vida.

Yuri señaló el frasco.

—Eso cuesta tres semanas de disfrutar de la vida.

—Exageras.

—Puedo calcularlo.

—No hace falta.

—Pan, habitación, comida—

—Yuri.

—Aceite, reparaciones—

—Yuri.

—Cerveza—

—¡Yuri!

Él calló.

Irina cruzó los brazos.

—Lo quiero.

—Lo sé.

—Y puedo pagarlo.

Eso era verdad.

Ambos conservaban algo de dinero propio.

Yuri suspiró.

—Entonces págalo.

Irina parpadeó.

—¿Así?

—Así.

—¿No vas a intentar impedírmelo?

—Es tu dinero.

Irina miró el frasco.

Después a Yuri.

Después otra vez el frasco.

La satisfacción había desaparecido.

—Ya no lo quiero.

Yuri tardó un segundo en comprenderlo.

—¿Qué?

—No merece la pena.

Dejó el frasco.

Yuri la observó.

—Hace diez segundos era imprescindible.

—He cambiado de opinión.

—Claro.

Irina empezó hacia la salida.

Yuri la siguió.

El vendedor levantó el frasco.

—¿Seguro?

Irina no se volvió.

—Completamente.

Yuri llegó a la puerta.

Entonces escuchó:

—Dos terceras partes.

Se detuvo.

Irina también.

Muy lentamente.

Giró la cabeza.

El vendedor levantó el frasco.

—Dos terceras partes del último precio.

Irina miró a Yuri.

Yuri miró al techo.

—Waukeen me odia.

Cinco minutos después salieron con el perfume.



VI. UNA CUESTIÓN DE PRINCIPIOS


—Has sido tú.

—No.

—Sí.

—No he comprado nada.

—Te has detenido.

—Porque él habló.

—Podrías haber seguido andando.

—Tú también.

Irina llevaba el pequeño frasco guardado bajo la capa.

—Has querido que me lo quedara.

—Me era indiferente.

—Mentiroso.

Yuri reajustó el petate.

La correa nueva funcionaba perfectamente.

—Ha sido barato.

Irina sonrió.

—Ah.

Yuri la miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Di lo que ibas a decir.

—Estás aprendiendo.

—¿Aprendiendo qué?

—A apreciar una buena compra.

—Siempre he apreciado una buena compra.

—No. Tú aprecias las cosas baratas.

—Es prácticamente lo mismo.

Irina puso una expresión de horror.

—No.

—Sí.

—No.

—Una espada barata que no se rompe es una buena espada.

—Una espada excelente que cuesta lo que vale es una buena compra.

—Una espada excelente que cuesta demasiado sigue siendo demasiado cara.

—Eso es mentalidad de pobre.

Yuri se detuvo.

Irina dio dos pasos más.

También se detuvo.

Se volvió.

Yuri la miró.

—Somos pobres.

Irina frunció el ceño.

—Temporalmente.

—Eso es exactamente lo que dicen los pobres.

—Mi familia tenía dinero.

—Tu familia está en Damara.

—Volverá a tenerlo.

—Estupendo.

—Yo volveré a tenerlo.

Yuri sonrió.

—Eso sí me lo creo.

Irina lo miró con suspicacia.

—¿Te estás burlando?

—No.

Y era cierto.

Yuri conocía a Irina.

Podían quitarle una casa.

Dinero.

Posición.

Podían llevarla al otro extremo del mundo y hacerla dormir en una posada rodeada de desconocidos.

Irina Dimitrova seguiría caminando como si la calle le perteneciese.

Quizá eso fuese arrogancia.

Probablemente lo era.

Pero había otras cosas peores.

Yuri volvió a caminar.

Irina lo alcanzó.

—Todavía necesito guantes.

—No.

—Yuri.

—Tienes guantes.

—No combinan con las botas.

Yuri continuó.

—Voy a arrojarme al río.

—No seas dramático.

—Había cientos de kobolds.

—Sobreviviste.

—Esto parece más peligroso.

Irina le golpeó el brazo.

—Idiota.



VII. LA LISTA


Regresaron al Siempre Azul cuando empezaba a oscurecer.

Yuri dejó las compras sobre la mesa.

Pan.

Carne seca.

Aceite.

Una correa.

Hebillas.

Las botas.

Tela azul.

Cinta.

Un broche.

Perfume.

Guantes.

Yuri miró los guantes.

Después a Irina.

—Dijiste que no los comprarías.

—No.

—Dijiste que los que tenías servían.

—Tú dijiste que servían.

—Es peor.

Irina empezó a guardar las cosas.

Yuri sacó la bolsa de monedas.

Contó.

Volvió a contar.

Después hizo una mueca.

—Hemos gastado demasiado.

—Hemos ahorrado muchísimo.

—No funciona así.

—Claro que sí.

—Irina, para ahorrar dinero tienes que conservarlo.

—Eso es acumular.

—Sí.

—Waukeen desaprueba el dinero inmóvil.

Yuri levantó la mirada.

—Estás inventándote la religión según te conviene.

—Eso hacen todos.

Yuri consideró la respuesta.

—Bien.

Aquello era difícil de discutir.

Irina cogió el pequeño broche y lo colocó sobre la mesa.

—Además, hemos negociado bien.

—Tú has negociado bien.

—Tú también.

—Con un ladrón.

—Presunto ladrón.

Yuri arqueó una ceja.

—Tenía treinta cucharas.

—Quizá le gusten las cucharas.

—Todas diferentes.

—Un coleccionista.

Yuri empezó a reír.

Irina mantuvo el rostro serio durante unos segundos.

Después sonrió.

Yuri volvió a las monedas.

—Mañana hay que ganar dinero.

—Naturalmente.

—Dinero de verdad.

—Sí.

—Nada de compras.

Irina se sentó.

—Por supuesto.

Yuri levantó los ojos.

—¿Lo prometes?

—Claro.

—Irina.

—Yuri.

—Promételo.

Ella suspiró.

—Prometo que mañana no iremos de compras.

Yuri la estudió.

Había algo.

Siempre había algo.

—¿Qué estás ocultando?

—Nada.

—Irina.

—Nada.

—Te conozco.

Ella cogió tranquilamente el broche.

—El mercado de joyeros cierra mañana.

Yuri cerró los ojos.

—No.

—Ni siquiera sabes qué iba a decir.

—No.

—Hay un orfebre que—

—No.

—Dicen que trabaja plata damarana.

Yuri abrió un ojo.

Irina sonreía.

—No.

—Solo mirar.

—Eso dijiste hoy.

—Y hoy hemos ahorrado muchísimo.

Yuri dejó caer la cabeza sobre las manos.

Irina comenzó a reír.

Un rato después Yuri volvió a contar las monedas.

No estaban arruinados.

Todavía.

Habían comprado comida.

Material.

Unas buenas botas.

Una correa que probablemente había pertenecido a otra persona hasta una fecha no demasiado lejana.

Y una cantidad alarmante de cosas que aquella mañana no necesitaban.

Miró a Irina.

Ella estaba colocando el broche sobre la tela azul para comprobar cómo quedaban juntos.

—Irina.

—¿Qué?

—Si Waukeen se te aparece alguna vez...

Ella levantó los ojos.

—¿Sí?

—Dile que me debe dinero.

Irina sonrió.

—No creo que funcione así.

—Entonces no quiero saber nada de vuestra religión.

—Nuestra.

—No.

—Has regateado.

—Eso no me convierte en waukeenita.

—Has disfrutado.

Yuri recordó al vendedor.

Las hebillas.

El precio bajando.

La cara del hombre cuando aceptó dos monedas y media.

Hizo una pausa.

—Un poco.

Irina sonrió triunfalmente.

Yuri señaló hacia ella.

—Ni una palabra.

—Bienvenido al culto de la Dama de Oro.

—Irina.

—Mañana podemos buscarte un símbolo sagrado.

—Irina.

—Seguro que consigo buen precio.

Yuri cogió uno de los cojines de la cama.

Irina alcanzó a levantar una mano.

El cojín le dio de lleno en la cara.

Hubo un instante de absoluto silencio.

Yuri comprendió inmediatamente que acababa de cometer un error.

Irina apartó lentamente el cojín.

—Yuri Kozlov.

Él ya estaba levantándose.

—Ha valido la pena.

—Voy a matarte.

Yuri retrocedió hacia la puerta.

—Entonces no podrás ir al mercado mañana.

Irina tomó el segundo cojín.

Yuri salió.

El proyectil pasó por la puerta detrás de él.

Desde el pasillo llegó su voz:

—¡Eso también cuesta dinero!

La puerta se cerró de golpe.

Yuri se quedó unos segundos mirándola.

Después empezó a reír.

No demasiado fuerte.

Por prudencia.

Había aprendido muchas cosas desde que salió de Damara.

Que los kobolds podían organizarse.

Que los mercenarios muertos no cobraban.

Que una buena correa podía conseguirse por dos monedas y media si uno sabía dónde preguntar.

Y que jamás debía explicarle a Irina Dimitrova la diferencia entre necesitar algo y quererlo.

Aquella era una batalla que ningún hombre razonable podía ganar.

Yuri Kozlov apreciaba mucho seguir vivo.
5 Sep 2026, 14:45 #3

Mi amanecer ya apagado


Tras la batalla del pueblo, cuando el acero ya ha callado y solo queda despedir a los muertos, Yuri contempla a Eraion frente a la pira. Algunas derrotas llegan incluso después de haber vencido.
Spoiler: Música
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El sol brilla.

Eso es lo primero que Yuri odia.

Brilla sobre el pueblo destrozado, sobre la tierra abierta a golpes, sobre la sangre que empieza a secarse entre las piedras y sobre la pira levantada para los muertos.

Brilla sobre todo.

Indiferente.

Hermoso.

Como si nada hubiera ocurrido.

Como si el mundo no debiera guardar luto.

Eraion está delante de la pira.

Una antorcha arde en su mano.

Los cuerpos esperan.

Y nadie dice nada.

Yuri permanece atrás.

Lo bastante cerca para estar allí.

Lo bastante lejos para no profanar una despedida que no le pertenece.

Mira a Eraion y siente una presión desagradable bajo las costillas.

Todavía no es compasión.

Es algo peor.

Reconocimiento.

La intuición de una clase de soledad que ningún hombre debería conocer.

Los ha perdido a todos también… —susurra.

Irina lo oye.

Sus dedos se cierran alrededor de la camisa de Yuri.

Nada más.

No lo mira.

No dice nada.

Solo se aferra.

Yuri baja los ojos hacia aquella mano.

Pequeña.

Pálida.

Apretada contra su manga.

Está temblando.

Siente cada dedo a través de la tela.

Durante un instante absurdo piensa en cubrirlos con la mano.

No lo hace.

Porque Eraion empieza a hablar.

—No sé ni qué deciros…

Su voz no parece pertenecer al mismo hombre que seguía en pie unas horas antes.

Está gastada.

Vacía por dentro.

Como si cada palabra hubiese tenido que abrirse paso a través de algo roto antes de poder salir.

—Es como perder parte de tu vida…

Eraion mira a los muertos.

—…y aun así tener otra oportunidad.

Calla.

Y entonces llega la pregunta.

La que ningún superviviente debería hacerse.

—Pero… ¿sin vosotros?

Yuri deja de respirar.

—¿Sin ti, Adrià?

Cierra los ojos.

Solo un instante.

Es suficiente.

¿Y si fueran ellos?

La pregunta aparece completa.

Cruel.

Perfecta.

¿Y si fuera yo quien estuviera ahí?

Y entonces el fuego todavía inexistente prende dentro de su cabeza.

Ve una cabellera rubia entre las llamas.

Ve una mano blanca que ya no puede agarrarle la camisa.

Ve a Rurik bajo el humo.

Ve una pira.

Y delante de ella no está Eraion.

Está él.

Solo.

Tan solo que por un instante no reconoce el mundo.

Abre los ojos.

Irina sigue allí.

Sus dedos continúan aferrados a él.

Viva.

Yuri siente un alivio tan brutal que casi le hace daño.

La mira.

Solo un instante.

Ella tiene los ojos clavados en Eraion.

No sabe nada.

No sabe que durante el tiempo de un latido Yuri acaba de verla muerta.

Y esa ignorancia le parece de repente algo precioso.

Algo que debe proteger aunque no sepa cómo.

Eraion sigue hablando.

Habla del amanecer.

De promesas pronunciadas cuando uno todavía cree que tendrá tiempo de cumplirlas.

Y entonces su voz se rompe.

Muy poco.

Lo suficiente.

—Lo haré por vosotros…

La antorcha desciende.

—Por ti…

Yuri ve temblar la mandíbula de Irina.

—Mi amanecer ya apagado.

Irina se quiebra.

No solloza.

Eso habría sido más fácil.

Simplemente pierde la batalla contra sus propias lágrimas.

Una le corre por la mejilla.

Después otra.

Aprieta los labios con rabia, como si estuviera furiosa consigo misma por no haber sabido detenerlas.

Yuri la mira.

Y siente algo terrible.

Porque es hermosa incluso así.

No hermosa como en un salón.

No hermosa como cuando entra en una habitación y decide que todo el mundo debe mirarla.

Hermosa de una forma que duele.

Con los ojos húmedos.

La boca temblando.

La mano todavía clavada en su camisa como si él fuese la única cosa firme en un mundo que acaba de demostrar que nada lo es.

No me hagas esto.

No sabe si se lo dice a ella.

A la muerte.

A los dioses.

No seas tú algún día.

Eraion baja la antorcha.

La llama toca la madera.

La pira prende.

Primero despacio.

Después demasiado rápido.

El fuego trepa.

Encuentra tela.

Encuentra madera.

Encuentra carne.

Y comienza a devorar nombres.

Yuri mira.

No quiere.

Pero mira.

Porque Eraion lo hace.

Y si ese hombre puede permanecer de pie contemplando cómo arden aquellos a quienes ama, Yuri no tiene derecho a apartar los ojos.

Irina aprieta todavía más su camisa.

Los nudillos rozan su brazo.

Y entonces Yuri comprende que tampoco ella puede mirar sola.

No se mueve.

No la toca.

Solo permanece allí.

Para que tenga algo a lo que agarrarse.

A veces querer a alguien consiste únicamente en no marcharse.

Las llamas rugen.

Durante un tiempo nadie habla.

Solo existe el fuego.

Después Eraion parece recordar que ellos siguen allí.

—Ah… sois vosotros.

Yuri asiente.

Irina no consigue mirarlo.

Eraion la observa.

Una lágrima desaparece bajo el borde de su yelmo.

Luego alza la cabeza.

El cielo está limpio.

El sol, radiante.

—Parece que hoy llueve, ¿eh?

Irina cierra los ojos.

Eraion mira hacia aquella luz insultante.

—Pese al radiante sol que tenemos.

Y entonces Yuri tiene que mirar hacia otro lado.

Porque eso sí le hace daño.

No el fuego.

No los cuerpos.

Eso.

Un hombre fingiendo que es la lluvia.

Como si incluso entonces quisiera conservar la dignidad de no llamar llanto a su llanto.

Yuri traga.

La garganta no obedece.

Eraion pregunta qué debería sentir.

Dice que el bien ha prevalecido.

Como debe ser.

Yuri mira los cuerpos ardiendo.

Piensa que hay victorias que deberían tener prohibido llamarse así. Que a veces la palabra victoria suena terriblemente obscena,

No responde.

Solo consigue decir:

—Puedo… podemos ayudarte en algo.

La voz le sale más baja de lo que quiere.

Eraion agradece el gesto.

Pero hay cosas, dice, que uno debe afrontar solo.

Yuri asiente.

No insiste.

Porque empieza a comprender algo que nunca había querido saber:

Hay lugares del dolor hasta los que nadie puede acompañarte.

Pueden caminar contigo hasta la puerta.

Pueden esperarte fuera.

Pueden ofrecerte una mano si alguna vez regresas.

Pero entras solo.

Eraion habla de la promesa.

Acudieron.

Cumplieron.

Han prevalecido.

—He prevalecido…

Yuri escucha lo que no dice.

Ellos no.

Eraion asegura que todavía le queda un largo sendero antes de volver a verlos.

Yuri siente los dedos de Irina en su camisa.

Piensa en Rurik.

Y de pronto la palabra mañana le parece arrogante.

Hasta ese día había pensado en mañana como piensa un hombre en una deuda que le pertenece.

Mañana volverán.

Mañana discutirán.

Mañana Irina querrá algo absurdo.

Mañana Rurik gruñirá.

Mañana habrá trabajo.

Mañana.

Mañana.

Mañana.

Como si los dioses les debieran uno.

Yuri mira a Eraion.

—Nunca te faltará un techo o compañía entre nosotros.

Eraion alza la vista.

Yuri sostiene sus ojos.

Hay frases que suenan pobres delante de la muerte.

Esa no.

Porque Yuri sabe exactamente lo que está ofreciendo.

Un lugar donde no estar solo.

Después mira de nuevo el fuego.

—Ni mi acero, si me lo pides.

Irina lo mira entonces.

Solo durante un instante.

Y hay algo en esos ojos mojados que le hace arrepentirse de haber dicho mi acero y no otra cosa.

Algo que no sabría pronunciar aunque tuviera toda una vida.

Eraion les da las gracias.

A la Compañía del Cisne.

El nombre cae extraño entre las llamas.

Yuri mira de reojo a Irina.

Piensa en Rurik. Malherido siendo atendido.

Compañía.

Nunca había pesado tanto una palabra.

Irina termina preguntando si sabe dónde encontrarlos.

Eraion responde.

Después reconoce que no puede quedarse para lo que viene.

Que por una vez puede permitirse no ser completamente fiel.

Yuri no lo juzga.

¿Cómo podría?

Mira la pira.

—Lo haremos nosotros…

Eraion se detiene antes de marcharse.

—Hacedme un favor cuando termine.

Mira de nuevo el fuego.

—Esparcid las cenizas en el mar cercano.

La mano de Irina abandona por fin la camisa de Yuri.

Y, absurdamente, él siente frío en el lugar donde estaba.

Asiente.

—Por ellos. Por ti. Y por el pueblo.

Irina también lo hace.

Eraion se despide.

Que el alba ilumine vuestro sendero.

O, como dicen ellos, que Tymora les sonría.

Después se va.

Camina solo.

Y Yuri lo observa alejarse.

Nadie lo llama.

Hay hombres a los que no puedes impedirles marcharse porque sabes que, si pronuncias su nombre, quizá ya no puedan dar el siguiente paso.

Cuando Eraion desaparece del camino, queda la pira.

Solo la pira.

Y el sol.

Irina se limpia las mejillas con la dignidad maltrecha de una reina que odia que la hayan visto llorar.

—Yuri…

Él continúa mirando el fuego.

—No pienso recoger yo las cenizas.

Yuri tarda un momento.

—Joder.

Las llamas rugen.

—Joder…

Una parte de la pira se derrumba sobre sí misma.

Yuri aprieta la mandíbula.

—Joder, joder, joder.

Irina lo mira.

Esta vez él sí devuelve la mirada.

Tiene los ojos rojos.

La nariz ligeramente encendida.

Todavía hay humedad en sus pestañas.

Yuri quiere decirle algo.

Cualquier cosa.

No serás tú.

No mientras yo esté aquí.

No pienso vivir para ver ese día.


Pero todas serían mentiras.

El acero no puede prometer eso.

Nadie puede.

Así que dice lo único que sí puede cumplir.

—Yo me ocupo.

Irina mantiene sus ojos en él unos segundos.

Algo cambia en su expresión.

Muy poco.

Después asiente.

—Ven conmigo —le dice a Balthasar.

Y se marcha.

Yuri la observa alejarse.

Demasiado tiempo.

Hasta que se obliga a volver la vista hacia la pira.

¿Y si fueran ellos?

—Joder…

El fuego se consume.

Yuri espera.

No tiene ninguna prisa.

No hay lugar al que quiera llegar después de aquello.

Cuando las llamas se vuelven brasas, permanece allí.

Cuando las brasas pierden el rojo, permanece allí.

Cuando ya solo queda gris, permanece allí.

Entonces se acerca.

Se agacha ante los restos.

Por primera vez desde que todo comenzó está completamente solo.

Y lo agradece.

Empieza a recoger las cenizas.

Con cuidado.

No porque los muertos puedan sentir.

Porque alguien los amó.

Eso basta.

El primer puñado cae sobre sus manos.

Yuri lo contempla.

Casi no pesa.

Esa es la crueldad final.

No pesan nada.

Sus dedos quedan inmóviles.

Todo un hombre.

Todo cuanto quiso.

Todo aquello por lo que peleó.

Las noches que pasó despierto.

Las veces que tuvo miedo.

Las veces que fingió no tenerlo.

Las personas que besó.

Las palabras que nunca dijo.

Sus recuerdos.

Sus pecados.

Las pequeñas bondades que quizá nadie conoció.

Y ahora…

Esto.

Yuri deposita las cenizas en el recipiente.

Recoge otro puñado.

Gris.

Ligero.

Ridículamente poco.

Irina cabría entre mis manos.

El mundo se detiene.

Yuri olvida respirar.

Mira el polvo sobre sus guantes.

La ve.

Pero no muerta.

Peor.

La recuerda viva.

Riéndose.

Exigiendo.

Mirándolo como si fuera un imbécil.

Entrando en una habitación y haciéndola demasiado pequeña.

Agarrándole la camisa porque necesita llorar y no sabe pedir que alguien se quede.

Toda ella.

Su voz.

Su mal carácter.

Su belleza insoportable.

Sus caprichos.

La manera en que dice su nombre cuando está furiosa.

La manera en que lo busca sin admitir jamás que lo busca.

Todo.

Un puñado.

Yuri siente una humedad caliente bajar por su mejilla.

No la limpia.

—Joder…

Ya no hay rabia en la palabra.

Solo miedo.

Recoge más.

Rurik también.

Y algo termina de romperse.

Porque Rurik no debería poder morir.

Es absurdo.

Yuri lo sabe.

Pero hay personas que llevan tanto tiempo junto a uno que el corazón deja de entenderlas como mortales.

Rurik simplemente está.

Como las montañas.

Como el invierno.

Como ciertas cicatrices.

Y, sin embargo, también él podría pesar algún día menos que una espada.

Yuri baja la cabeza.

Una lágrima cae entre las cenizas.

El polvo se oscurece allí donde toca.

—Perdón…

No sabe a quién se lo dice.

Sigue.

Puñado a puñado.

Y entonces entiende.

No teme morir.

Morir es sencillo.

Lo ha visto demasiadas veces.

Un golpe.

Un instante.

Nada.

Lo terrible es seguir.

Ser Eraion.

Despertar mañana cuando ellos no.

Sentir hambre.

Dormirse.

Reírse de algo y recordar después que alguien ya no podrá hacerlo.

Pasar junto a una puerta y esperar, durante una fracción de segundo, que una persona muerta salga por ella.

Envejecer.

Y que los muertos no envejezcan contigo.

Yuri cierra los ojos.

Piensa en Irina.

En Rurik.

En el hueco.

Que sea yo primero.

Abre los ojos.

Una lágrima más.

Después otra.

Silenciosas.

Nadie las ve.

El sol continúa brillando.

Por favor.

Nada más.

Ni riqueza.

Ni gloria.

Ni victoria.

Ni siquiera salvarlos.

Solo eso.

No quedarse.

Yuri respira con dificultad.

Recoge el último puñado.

Lo deposita junto a los demás.

Después permanece de rodillas.

Las manos manchadas.

Las cenizas delante.

El mundo alrededor.

Y un dolor que ni siquiera es suyo atravesándole el pecho.

Finalmente cierra el recipiente.

Lo sostiene con ambas manos.

Con una delicadeza que nadie asociaría jamás con él.

Y entonces oye otra vez la voz de Eraion.

Mi amanecer ya apagado.

Ahora lo entiende.

No del todo.

Nunca del todo.

Pero lo suficiente.

Yuri baja la mirada hacia lo que queda de aquellos muertos.

—Yo me ocupo.

La voz se le rompe en la última palabra.

Solo un poco.

Lo bastante.

A lo lejos, Irina sigue viva.

Rurik sigue vivo.

Hay un camino de regreso.

Habrá otra discusión.

Otro trabajo.

Otra mañana.

Y Yuri comprende que eso es lo único que puede pedirle al mundo.

Otra.

Solo otra.

Una más.

Porque llegará un día en que el alba salga para todos menos para alguien.

Y entonces ningún acero servirá.

Ninguna moneda.

Ninguna promesa.

Solo quedará alguien de rodillas, recogiendo lo poco que el fuego haya dejado de aquello que una vez pesó más que toda su vida.

Sobre él, el cielo continúa limpio.

El sol sigue brillando.

Y Yuri comprende por fin la crueldad de aquellas palabras.

Parece que hoy llueve.

Sí.

Llueve.

Aunque el cielo no tenga una sola nube.



[OFFTOPIC]Agradecer a DM Gaknulak por tremenda escena de la batalla de Pueblo Pequeño y esta escena "postcreditos" [/OFFTOPIC]