5 Sep 2026, 14:44 #1

Prólogo


Antes de que existieran los planos. Antes de que nacieran los dioses. Antes incluso de que el tiempo comenzara a fluir, solo existía la Exterioridad, un estado ajeno a toda comprensión del que ninguna mente mortal ha regresado con cordura. Fue entonces cuando Ao, el Sobredios, dio origen a la creación y trazó los límites de la realidad, separándola para siempre de aquello que existía más allá.

De esa creación surgieron las primeras deidades, Shar y Selûne, y con ellas el resto del cosmos. Sin embargo, los primeros elfos conservaron una leyenda mucho más antigua, una historia prohibida que jamás debía ser pronunciada.

Hablaba de una conciencia que había permanecido al otro lado de la realidad desde antes de la creación. Una entidad que no era un dios, ni un demonio, ni un ser vivo, sino algo completamente ajeno al universo. Los sabios élficos la llamaron Vael'Anor, «El Vacío que Observa», pues creían que ninguna otra palabra era capaz de describir aquello que contemplaba la creación desde el otro lado del velo.

Con el paso de las eras, aquella entidad encontró la forma de alcanzar el universo recién nacido. No buscaba conquistarlo ni someterlo. Deseaba devolver toda la existencia al silencio absoluto del que había surgido, convencida de que la vida, el tiempo y las almas no eran más que el origen de todo sufrimiento.

Las primeras deidades dejaron a un lado sus diferencias para enfrentarse a ella. La guerra que siguió fue tan antigua que ningún texto conserva su recuerdo y tan terrible que incluso los propios dioses prohibieron hablar de ella. Incapaces de destruir a una entidad que no pertenecía a la creación, levantaron una prisión más allá de todos los planos conocidos y la encerraron para toda la eternidad.

Los siglos acabaron convirtiendo aquella historia en un mito.

El nombre de Vael'Anor desapareció de la memoria de los pueblos antiguos.

Y solo unos pocos cultos secretos continuaron pronunciando otro nombre, uno que afirmaban haber escuchado de labios de la propia entidad.

Samael.

Mucho tiempo después, en la remota isla de Aslarn, un antiguo ejecutor de los clanes vampíricos escuchó aquella voz. Su nombre era Adramelej, y aceptó convertirse en el paladín de Samael con el propósito de abrir el Último Umbral y liberar a su señor de la prisión divina.

Su caída, su amor por Isthara, la traición de la Reina, la Siega Roja y su eterno cautiverio parecieron poner fin a aquella amenaza.

Pero los sellos se debilitan.

Los antiguos cultos vuelven a reunirse.

Y el Vacío jamás deja de observar.

El vacio ha encontrado de nuevo a su paladín.

El fin de todas las cosas se acerca.

Y su tiempo... es ahora.


LAS LÁGRIMAS DE SANGRE

5 Sep 2026, 14:44 #2

Capítulo I — El Eco del Último Umbral


Todo comenzó con una extraña aparición.

Los siervos de Kelemvor, dios de los muertos y juez de aquellos que rehúyen el descanso eterno, llegaron a la isla de Aslarn. Encabezados por Dominica de Kelemvor, Suma Sacerdotisa y líder de los Caballeros de la Orden Eterna, comenzaron a recorrer caminos, aldeas y ciudades haciendo preguntas a todo aquel que pudiera aportar la más mínima pista.

Buscaban algo.

No un objeto.

No un asesino.

Buscaban a alguien.

Solo Dominica conocía la verdad sobre aquello que permanecía oculto en Aslarn desde hacía siglos.

El Heraldo del Fin.

El Paladín del Señor del Último Umbral.

Mientras tanto, un grupo de aventureros anónimos se adentró en una cueva con el propósito de encontrar a varios soldados de Astorga desaparecidos. Lo que hallaron allí no fue una guarida cualquiera.

Los cadáveres los observaban con unos ojos que jamás deberían haberse vuelto a abrir.

Las paredes estaban cubiertas de restos de antiguos rituales de nigromancia.

Y, entre todo aquel horror, encontraron el manuscrito de una nigromante.

En él describía los rituales que estaba llevando a cabo para triangular la ubicación de alguien.

No conocía su paradero.

Pero estaba convencida de que acabaría encontrándolo.

Y cuando lo hiciera...

Sería su reina.

En cuanto el manuscrito llegó a manos de Dominica, esta ordenó establecer un campamento permanente en las inmediaciones de Astorga.

No necesitó leer muchas páginas para comprender lo que significaban aquellas palabras.

Los recuerdos de una guerra que jamás debió librarse regresaron de golpe a su memoria.

Recordó la caída de incontables vampiros.

Recordó al monstruo al que no habían conseguido destruir.

Y, sobre todo, recordó la muerte de su única hija.

Durante un tiempo no ocurrió nada.

Hasta que Dominica convocó una reunión con varios vecinos de Astorga. El encuentro no era casual. Pretendía utilizar la concentración de personas como cebo para obligar a la nigromante a mover ficha.

El plan funcionó.

Las sombras aparecieron.

Criaturas nacidas de una magia que Dominica conocía demasiado bien irrumpieron para cubrir la huida de su invocadora. Aventureros y Caballeros de la Orden Eterna lucharon juntos para contener el ataque mientras la responsable desaparecía sin dejar rastro.

Pero aquello era suficiente.

Dominica había reconocido esa magia.

Solo una persona era capaz de utilizarla de aquella manera.

Falker.

Y si Falker había regresado...

Significaba que la Congregación del Último Umbral también lo había hecho.

Dominica no tenía más pistas.

Solo una certeza.

Sabía que Falker volvería a actuar.

Y decidió esperar.

Porque tarde o temprano la nigromante daría su siguiente paso.

Y ese paso tenía un nombre.

Eldarieth.
5 Sep 2026, 14:44 #3

Capítulo II — La Llave del Último Umbral


Eldarieth no era más que una mestiza entre elfos y humanos que vivía en el reino de Eska. Desde pequeña había crecido convencida de que descendía de un antiguo linaje de fatas, pues esa era la historia que su padre le había contado desde que tenía memoria. Aquella explicación parecía dar sentido a la extraña condición que la acompañaba desde niña: cualquiera que entrara en contacto con ella podía sufrir terribles visiones, imágenes imposibles que quebraban la mente incluso de los más fuertes.

Su padre la protegió durante toda su vida.

Hasta que, un día, sin explicación alguna, decidió quitarse la vida.

Aquello destrozó a Eldarieth. Convencida de que la respuesta estaba en el origen de su supuesto linaje, juró encontrar una forma de romper aquella maldición y descubrir la verdad.

El destino quiso que, durante su búsqueda, conociera a un curioso elfo solar acompañado por un pequeño ser mágico con aspecto de dragonante. Tras escuchar su historia, el elfo decidió ayudarla.

Junto a varios compañeros comenzaron a investigar en la Gran Biblioteca de Eska. Los archivos públicos no ofrecían ninguna respuesta, pero las pistas terminaron conduciéndolos hasta la sección prohibida.

Allí encontraron un único libro.

Sus páginas estaban completamente en blanco.

En la cubierta solo podían leerse cuatro palabras.

"Eldarieth... perdóname."

Al tocarlo, el libro despertó.

No era un libro.

Era una agenda mágica donde el padre de Eldarieth había sellado sus recuerdos antes de morir.

Los aventureros quedaron atrapados en aquellas memorias.

Y comprendieron la verdad.

Eldarieth jamás había descendido de las fatas.

La misma enfermedad que había acabado con la vida de su madre también había matado a la pequeña Eldarieth cuando apenas era una niña. Incapaz de aceptar aquella pérdida, su padre imploró ayuda al Seldarine.

Ningún dios respondió.

Desesperado, terminó encontrando un templo olvidado.

Un templo dedicado a Vael'Anor, el Señor del Último Umbral, una entidad anterior a la creación que permanece encerrada más allá de la Exterioridad. Los antiguos elfos lo describían como el final de toda existencia, una conciencia imposible que contempla la realidad como una prisión y considera que la única forma de liberar a todas las almas es poner fin a la propia creación.

Fue allí donde el padre de Eldarieth aceptó aquello que jamás debió aceptar.

Las memorias cambiaron.

Los aventureros contemplaron la historia de Elyndra Vaelthas, la Reina de los clanes vampíricos, y del hombre al que convirtió en vampiro para convertirlo en el ejecutor perfecto.

Adramelej.

Con el paso de los siglos, Adramelej terminó despreciando la vida y la propia creación. Atraído por las voces de Vael'Anor, aceptó convertirse en el Paladín del Último Umbral, convencido de que destruir la existencia era el mayor acto de misericordia posible.

Pero todo cambió cuando conoció a Isthara.

El amor que sentía por ella fue suficiente para hacerle renunciar a Vael'Anor y abandonar la cruzada que debía culminar con el fin de toda la creación.

Las memorias continuaron.

Los aventureros presenciaron una reunión secreta entre Elyndra Vaelthas y Dominica de Kelemvor. Tras la muerte de su hija, Dominica estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de detener a Adramelej. La Reina, por su parte, reveló cuál era la única debilidad de su antiguo ejecutor.

Isthara.

Aquel pacto acabaría desencadenando la tragedia conocida como la Noche de la Siega Roja, una batalla en la que Adramelej, tras ser acorralado por los clanes vampiricos, masacró a la mayor parte de toda la nobleza, hasta que la propia reina Elyndra. seguida por Dominica, le confesaron que Isthara había sido destruida. Fue solo entonces cuando el vastago se rindió, y las historias dicen que fue destruido. Durante siglos, todos creyeron que había muerto.

No era cierto.

Había sido encerrado en una tumba-prisión sellada mediante antiguos rituales divinos, imposible de abrir por cualquier medio conocido.

Por cualquier medio...

Excepto uno.

Las últimas memorias del padre de Eldarieth revelaban la verdad.

La energía que Vael'Anor había depositado en el cuerpo de la niña al intentar devolverla a la vida era la única capaz de romper aquellos sellos.

Eldarieth nunca había sido salvada.

Había sido convertida en una llave.

Cuando su padre comprendió el horror de lo que había hecho, ya era demasiado tarde. Incapaz de deshacer el ritual, decidió grabar toda la verdad en aquella agenda mágica y quitarse la vida deliberadamente, esperando que el dolor empujara algún día a su hija a buscar respuestas y descubrir la verdad antes de que alguien pudiera utilizarla.

Jamás fue una bruja de sangre feérica.

Era la llave destinada a abrir la prisión del único ser capaz de soportar el poder disforme de Vael'Anor sin ser destruido.

Adramelej.

Las últimas imágenes mostraban a Falker.

La nigromante había sido quien, durante años, había conseguido establecer contacto con el Señor del Último Umbral. Cada conversación destrozaba su cuerpo y su mente, pero lograba sobrevivir gracias a los innumerables injertos de carne y órganos de no muertos que reemplazaban una y otra vez aquello que la influencia de Vael'Anor destruía.

Mientras hubiera cadáveres...

Siempre tendría un nuevo cuerpo con el que seguir sirviendo a su señor.

Cuando los aventureros lograron abandonar las memorias, uno de ellos quedó profundamente marcado. Durante una fracción de segundo había contemplado directamente la inmensidad que habitaba tras la Exterioridad, una visión tan imposible que su propia mente apenas podía comprenderla.

Pero no había tiempo para detenerse.

Debían encontrar a Eldarieth.

Corrieron hasta la ciudad y preguntaron por ella.

La respuesta les heló la sangre.

Se había encontrado mal y había marchado junto a la sanadora de Eska.

La sanadora...

Era Falker.

Llevaba infiltrada desde hacía mucho tiempo. Mientras organizaba en secreto una prospección minera para localizar la tumba de Adramelej, se había ganado la confianza de Eldarieth, convenciéndola de que era una amiga en quien podía confiar.

Los aventureros llegaron demasiado tarde.

No habían detenido los planes de Falker.

Sin saberlo, habían seguido exactamente el camino que ella necesitaba.

Solo habían sido piezas de un tablero mucho más grande.

Y ni siquiera habían conseguido retrasar lo inevitable.
5 Sep 2026, 14:44 #4

Capítulo III — Las Piezas del Tablero


La verdad ya había sido revelada.

No quedaba tiempo para debatir ni para comprender todo cuanto habían descubierto.

Los aventureros pusieron rumbo a toda velocidad hacia la zona donde Falker había organizado la prospección minera. Si las memorias del padre de Eldarieth eran ciertas, bajo aquellas tierras descansaba la prisión de Adramelej.

Al mismo tiempo, desde el reino de Eska, decenas de aves mensajeras alzaron el vuelo con destino al campamento de Dominica de Kelemvor. Cada carta contenía la misma información: la localización de la excavación y la sospecha de que la tumba del antiguo Paladín del Último Umbral había sido encontrada.

Pero el destino decidió intervenir.

Una de aquellas aves fue abatida en pleno vuelo por un depredador. La carta cayó varios cientos de metros, hasta aterrizar a los pies de una mujer que recorría los caminos siguiendo la voluntad de El Vigilante. Intrigada por el sello roto y el contenido del mensaje, comprendió que aquello no era una simple coincidencia.

También ella emprendió el camino hacia la excavación.

Mientras tanto, en la Ciudad Eterna, otro grupo iniciaba su marcha.

Una partida de inmortales había recibido una orden directa de una misteriosa noble vampiresa que ocultaba cuidadosamente su identidad bajo un velo oscuro. Nadie conocía su rostro, pero quienes la servían hablaban de una autoridad incuestionable, de una elegancia propia de otra época y de una mirada capaz de imponer silencio incluso entre los más antiguos de su estirpe. Sin revelar el motivo de su interés, les ordenó dirigirse inmediatamente hacia la misma región.

Todos avanzaban hacia un único lugar.

Sin saberlo, cada uno representaba una pieza distinta de un tablero que llevaba siglos preparándose.

Las preguntas no dejaban de acumularse.

¿Seguía Eldarieth con vida?

¿Dónde se encontraba Falker?

¿Cómo era posible que Dominica de Kelemvor siguiera caminando entre los vivos después de tantos siglos?

¿Había sobrevivido realmente Adramelej a su encierro?

¿O solo perseguían el eco de una antigua leyenda?

Las piezas comenzaban a ocupar su posición.

Los viejos juramentos despertaban.

Los cultos olvidados volvían a reunirse.

Y, en algún lugar más allá de la realidad, el Señor del Último Umbral aguardaba en silencio.

Pacientemente.

Como había hecho desde el principio de los tiempos.

Sus congregados volvían a vestir sus antiguas túnicas.

El momento se acercaba.

Y el eco del fin comenzaba a escucharse una vez más.
5 Sep 2026, 14:44 #5

Capítulo IV — La Prisión del Heraldo


El momento había llegado.

Unidos por el azar, el destino o quizá por un designio mucho más antiguo, un elfo solar estudioso de la magia, una elfa silvana nacida en los bosques, una paladina del Vigilante consagrada a combatir el mal, un explorador y un pequeño mediano bribón descendieron por la galería que había sido abierta durante la prospección minera.

Aquel era el lugar.

La tumba que llevaba siglos oculta.

El camino no estuvo exento de peligros. Varias bestias habían convertido aquellas galerías en su nuevo refugio y se lanzaron sobre los recién llegados, obligándolos a abrirse paso entre la oscuridad.

Más adelante encontraron a una vampiresa llamada Saphira, acompañada por una enorme mole de metal a la que, con evidente ironía, llamaba «Diplomacia».

Lejos de impedirles el paso, Saphira les permitió continuar. Trató de pedir algo a cambio, siendo ladina, perversa y zalamera, y al mismo tiempo encarandose con la paladina al borde del combate. Pero el temple de una sierva del Vigilante es mas fuerte que el acero mas puro, y no se dejó llevar. Fue entonces cuando Saphira, cansada de juegos, les contó la verdad:

Ni ella ni el resto de los no muertos que la acompañaban habían conseguido avanzar más allá.

No por falta de voluntad.

Sino porque les era imposible.

Y no era extraño.

Más adelante descansaba el sarcófago.

La prisión eterna del Heraldo del Último Umbral.

Todo el templo había sido levantado para contener a un único prisionero. Piedra consagrada, vetas de plata, antiguos símbolos de Kelemvor, plegarias grabadas en cada muro, conjuros de protección y poderosos sellos divinos impregnaban cada rincón de la estancia. La propia presencia de aquel lugar destruía lentamente a cualquier criatura cuya naturaleza estuviera corrompida por la maldad o que hubiera abrazado la no muerte.

Cuando finalmente alcanzaron la cámara...

La puerta ya estaba abierta.

Y frente a ella permanecía inmóvil...

Eldarieth.

El elfo solar corrió hacia ella.

Al girarla con cuidado, comprendió al instante lo sucedido.

Sus ojos seguían abiertos.

Pero ya no había nadie detrás de ellos.

Falker había llegado antes.

Había extraído de su interior la energía del Vacío que Vael'Anor depositó en ella siglos atrás y la había utilizado para deshacer los sellos que protegían la prisión.

Habían llegado demasiado tarde.

Eldarieth había muerto.

Lo único que permanecía en pie era un cascarón vacío, un alzado sin vínculo con su alzador, inmóvil para toda la eternidad.

Entre lágrimas, el elfo la abrazó.

Y una última visión floreció en su mente.

Eldarieth sonreía.

Había dejado preparada aquella despedida, imaginando que él sería quien la encontrara.

Con lágrimas recorriendo sus mejillas, habló con una serenidad que rompía el corazón.

Gracias por ser el único amigo que he tenido.

Bajó la mirada un instante.

Sé que voy a morir. Nunca imaginé que terminaría así... pero, al menos durante un instante... supe lo que era tener un amigo.

Respiró profundamente antes de pronunciar sus últimas palabras.

No dejes mi cuerpo aquí... Entiérrame en Eska. Llévame a casa.

La visión desapareció.

Y con ella, Eldarieth.

Fue entonces cuando la rabia de Sevarash prendió en el corazón del elfo solar.

Allí mismo se juró que encontraría a Falker, y la haría pagar.

Sin detenerse, el grupo continuó avanzando hasta el interior de la prisión.

El sarcófago estaba rodeado por incontables símbolos protectores, círculos de contención y antiguos conjuros cuya única finalidad había sido mantener cautivo a un mal que ningún muro podía contener por sí solo.

A la entrada descansaban seis sarcófagos más.

En ellos yacían los cuerpos de seis Sumos Sacerdotes de Kelemvor que, siglos atrás, habían entregado voluntariamente su vida y todo su poder para convertirse en el sello definitivo de aquella prisión.

Habían sacrificado su propia existencia para impedir que el Heraldo del Último Umbral volviera a caminar sobre Faerûn.

Pero el poder del Vacío era la ausencia de toda existencia.

Allí donde tocaba...

No quedaba nada.

Los sellos habían desaparecido como tinta disuelta bajo la lluvia.

Ni siquiera permanecía la Urdimbre.

Era un lugar donde la propia magia había dejado de existir.

Al fondo de la cámara, bajo una cascada de agua corriente que caía sin descanso sobre un antiguo ataúd —pues el agua corriente consume lentamente la esencia de los vampiros y les impide regenerarse, convirtiéndose en una de las formas más crueles de cautiverio para su especie—, descansaba la prisión.

O, al menos...

Lo que había sido la prisión.

El ataúd estaba abierto.

Adramelej era libre.

En ese preciso instante, el último vestigio de la energía de Vael'Anor tomó forma frente al sarcófago.

No era un espectro.

Ni una ilusión.

Era un recuerdo.

El recuerdo que respondía a la única pregunta que nadie había conseguido resolver.

Si Adramelej había renunciado a Vael'Anor por amor.

Si se había entregado voluntariamente creyendo que Isthara había muerto.

Si deseaba dejarse consumir por la prisión...

¿Por qué, siglos después, había vuelto a invocar al Señor del Último Umbral?

La respuesta apareció ante ellos.

Dominica de Kelemvor sostenía una enorme estaca consagrada.

Frente a ella, Adramelej permanecía inmóvil, derrotado, incapaz de oponer resistencia.

Antes de atravesarle el pecho...

Dominica sonrió.

No era la sonrisa de una sacerdotisa.

Era la sonrisa de una madre que acababa de consumar su venganza.

¿Recuerdas por qué te entregaste? —susurró—. Creíste que Isthara había muerto... y que ya no te quedaba nada por lo que vivir.

Adramelej levantó la mirada.

Sí...

Dominica se inclinó hacia él.

Pues estabas equivocado.

Hizo una breve pausa.

Y entonces pronunció las palabras que lo condenarían para siempre.

Isthara sigue viva...

Los ojos de Adramelej se abrieron de par en par.

¿Qué...?

Está viva.

La sonrisa de Dominica se hizo aún más fría.

Y jamás volverás a verla.

La estaca atravesó su pecho.

Mientras los sellos divinos, el agua corriente, las plegarias sagradas y el poder bendito comenzaban a destruirlo una y otra vez, Adramelej comprendió la verdad.

Había sido engañado.

La mujer que representaba el Bien había elegido la venganza.

Antes que sacerdotisa...

Había sido madre.

Y aquel había sido su verdadero pecado.

No haber encerrado al Heraldo.

Sino haber destruido para siempre la última esperanza que quedaba en su corazón.

Y fue en aquella oscuridad interminable...

Donde el Paladín volvió a escuchar la voz de Vael'Anor.

Y aceptó, una vez más, convertirse en su heraldo.

Porque si incluso la luz podía corromperse...

Entonces el mundo entero estaba destinado al Vacío.
5 Sep 2026, 14:44 #6

Mientras...


Dominica de Kelemvor contemplaba la noche en silencio.

La maza disruptora colgaba de su cinto, inmóvil.

Cerró los ojos e intentó buscar, una vez más, el poder que Kelemvor había depositado en ella tantos siglos atrás.

No encontró nada.

Solo silencio.

—No puedes odiarme para siempre por lo que hice... —susurró al cielo nocturno—. Te rogué que me permitieras devolverle la vida a mi hija... y me la arrebataste. Yo solo fui una madre cobrando su venganza...

No obtuvo respuesta.

Un dolor recorrió su espalda.

Era un dolor antiguo, constante, que nunca desaparecía del todo. A veces sentía un peso invisible entre los omóplatos, como si una parte de sí misma hubiera sido arrancada hacía mucho tiempo. Otras noches era un simple ardor que ningún hechizo conseguía aliviar.

Apretó los puños.

—¡No puedes odiarme para siempre!

Su grito se perdió entre los árboles.

Solo el viento respondió.

Entonces volvió a verlo.

Los ojos rojizos de aquel monstruo.

Los mismos ojos que contempló el día en que perdió a su hija.

Sabía que volvería.

Y llevaba siglos esperando ese momento.

No tenía miedo.

Hacía mucho tiempo que estaba preparada para morir.

Y, por primera vez en siglos...

Sintió que el momento había llegado.



Mientras...


Un enorme oso cruzó en silencio los caminos que conducían al reino de Eska.

Sobre su lomo descansaba un cuerpo envuelto con cuidado.

A su lado caminaba un elfo solar.

No pronunció una sola palabra durante todo el trayecto.

Se cuenta que fue el propio Intendente de la Gran Biblioteca quien organizó los preparativos. No hubo grandes ceremonias. No hubo discursos.

Solo un pequeño funeral.

Solo unas pocas personas.

Solo el silencio.

Cuando todo terminó, el elfo solar permaneció inmóvil frente a la tumba.

Una única lágrima recorrió su rostro.

Solo una.

Y un único pensamiento ocupaba toda su mente.

Justicia.

Venganza.

Venganza.

En aquel rincón tranquilo de Eska fue plantado un pequeño árbol.

Algún día sería enorme.

Y junto a sus raíces quedó enterrada una sencilla nota, destinada a desaparecer cuando el viento decidiera llevársela.

Pero cuyas palabras jamás serían olvidadas.


"Lle quessir, Eldarieth. Seldarine tir lle naa, ar Arvandor tir melamin."


"Descansa, Eldarieth. Que la Seldarine guíe tu camino, y que Arvandor te reciba entre los suyos."



Mientras...


Una vampiresa de porte noble contemplaba el líquido oscuro que reposaba en su copa.

El tiempo parecía no existir para ella.

Una de sus hijas se acercó en silencio.

Se inclinó junto a su oído.

—Madre...

La vampiresa no apartó la mirada del horizonte.

—Está libre.

Durante unos instantes no respondió.

Después cerró los ojos.

Y sonrió con una tristeza imposible de describir.

—Entonces...

Ya es hora.

Hora de volver a encontrarme con la oscuridad.



Mientras...


Falker corría.

Tropezaba.

Volvía a levantarse.

Las lágrimas le impedían ver el camino.

Cuando por fin lo encontró, se lanzó hacia él en un abrazo desesperado.

Había esperado aquel instante durante toda una vida.

Él permanecía inmóvil, observando en silencio las luces lejanas de Astorga.

Libre.

Por fin libre.

Sin pronunciar una sola palabra, extendió lentamente la mano.

Le indicó que se arrodillara.

Falker obedeció al instante.

Sonreía.

Lloraba.

Temblaba.

La inmensa figura posó la mano sobre su cabeza y acarició lentamente su cabello.

La nigromante rompió a llorar.

—Amo...

No pudo decir nada más.

Había encontrado aquello por lo que había sacrificado su humanidad.

Había cumplido su propósito.

La figura alzó lentamente la vista.

Sus ojos, de un rojo antinatural, recorrieron el mundo que se extendía ante él.

Había llegado la hora.

Primero...

La venganza.

Después...

El silencio.

Y, finalmente...

El fin de todas las cosas.



Mientras...


Una mujer caminaba sin prisa entre las calles.

Escuchaba.

No hacía preguntas.

No las necesitaba.

Los rumores bastaban.

Vio pasar a varios aventureros hablando de los últimos acontecimientos.

Apretó los dientes.

Bajó la mirada hacia sus manos.

Las cicatrices ya habían sanado.

Las antiguas quemaduras casi habían desaparecido.

Pero seguían allí.

Como un recuerdo imposible de borrar.

Cerró lentamente los puños.

—Dios mío...

Su voz apenas fue un susurro.

—¿Qué es lo que has hecho...?

Y continuó caminando.



Mientras...


La paladina del Vigilante avanzaba en silencio junto al explorador, el pequeño bribón y la elfa silvana.

Ninguno pronunciaba una palabra.

Las preguntas pesaban demasiado.

Todavía no eran conscientes de la guerra en la que acababan de entrar.

Ni de los enemigos que comenzaban a mover sus piezas.

Sus vidas estaban en juego.

Las de millones de inocentes también.

Quizá...

La propia existencia.

El fin de todas las cosas había comenzado.

Y el destino del mundo dependería de las decisiones que tomaran quienes, hasta hacía apenas unos días, no eran más que simples aventureros.

Solo el tiempo diría si aún era posible detener aquello que llevaba miles de millones de años esperando su momento.



Desde este momento la trama LAGRIMAS DE SANGRE pasa a ser una trama abierta. Todo aquel personaje que tenga conocimiento onrol de alguna parte de la historia y quiera solicitarme escenas(Tanto en grupo como privadas) que me lo indique por la agenda o en privado. Besitos.
5 Sep 2026, 14:45 #7

Capítulo V — El angel sin alas




Los días pasaron, y con ellos los rumores fueron desapareciendo. Las historias sobre la tumba, la desaparición de Eldarieth y las extrañas actividades de Falker comenzaron a diluirse entre las conversaciones de las gentes de Eska, hasta que Dominica de Kelemvor decidió actuar. Colocó carteles por la zona solicitando aventureros dispuestos a aceptar un trabajo del que apenas se ofrecían detalles. A aquella llamada respondieron cuatro personas: la elfa silvana Relkestpraal, el robusto enano Goin Manoferrea, la siempre elegante e inteligente arcana Yekaterina Ebonfrost y una paladina llamada Aestraqira Thrune.

Esta última llamó especialmente la atención de Dominica. Había algo en ella que la anciana sacerdotisa no podía explicar, una familiaridad difícil de ignorar. Dominica la observó durante unos instantes, antes de llevarse una mano a la espalda con una mueca de dolor. Aquella zona llevaba tiempo atormentándola; un dolor profundo y persistente que aparecía cada vez con más frecuencia. Apretó los dientes y trató de disimularlo antes de volver a centrar su atención en los aventureros. No sabía qué era exactamente lo que había visto en Aestraqira, pero sí sabía que aquella sensación de familiaridad no podía ser casualidad.

No perdió el tiempo. En cuanto estuvieron reunidos, fue directamente al asunto que la había llevado a solicitar ayuda.

—Necesito saber una cosa. ¿La tumba ha sido abierta?

Dominica ya había recibido las misivas enviadas por el intendente de la biblioteca de Eska. Sabía que los aventureros habían encontrado el templo-prisión y que algo había ocurrido allí, pero necesitaba escuchar la confirmación de quienes habían estado presentes. Cuando Relkestpraal le relató lo sucedido, Dominica permaneció completamente inmóvil. La noticia que había temido durante siglos acababa de convertirse en realidad.

La tumba había sido abierta.

Adramelej era libre.

Entonces Dominica les contó toda la historia.

Les habló de Adramelej, el antiguo ejecutor de los clanes vampíricos, convertido siglos atrás por Elyndra Vaelthas, la Reina de los vampiros. Les habló de Isthara, la mujer a la que había amado y por la que había renunciado a convertirse en el Paladín del Último Umbral. Les habló también de su propia hija, Diana de Kelemvor, cuya muerte había marcado para siempre su existencia, y de cómo aquel dolor terminó conduciéndola hasta la Siega Roja, la traición en la que Adramelej fue derrotado y entregado a una prisión que debía contenerlo eternamente.

Y, finalmente, pronunció el nombre que había permanecido oculto durante generaciones: Vael'Anor, el Señor del Último Umbral, la entidad que mora más allá de la Exterioridad, una presencia anterior a la creación cuya voluntad busca llevar toda existencia hacia la nada. Adramelej había escuchado su voz, había aceptado convertirse en su heraldo y, aunque llegó a renunciar a él por amor, terminó siendo encerrado en aquella tumba cuando Dominica lo traicionó.

El sarcófago debía haber sido eterno.

No lo era.

Dominica les explicó entonces por qué los había convocado. Hacía algún tiempo había solicitado a una compañía mercenaria recursos, armas y equipamiento para prepararse ante aquello que sabía que estaba por venir. Sin embargo, llevaba varios días sin recibir noticias de ellos. La ausencia ya no parecía una simple demora. Dominica sospechaba que la compañía había sido aniquilada y que su posición había sido utilizada como una trampa para atraer a cualquiera que acudiera en su búsqueda.

Si sus sospechas eran ciertas, Adramelej estaba allí.

Y ahora que sabían que la prisión había sido abierta, la situación había cambiado por completo. Ya no se trataba de enfrentarse a Falker ni de acabar con los miembros de la Congregación del Último Umbral. Aquello podía seguir siendo posible. Pero enfrentarse directamente al antiguo Paladín era otra cosa.

Ir allí podía significar un suicidio.

—No vengáis —les dijo Dominica con absoluta seriedad—. No puedo pediros que hagáis esto.

Pero ninguno quiso escucharla.

Aestraqira fue una de las primeras en insistir. Los demás tampoco estaban dispuestos a abandonar el camino después de haber llegado hasta allí. Dominica intentó advertirles una vez más, hasta que finalmente tuvo que revelarles algo que había mantenido oculto.

Ya no tenía poder.

Lo había perdido.

Tras la muerte de su hija, Dominica había quebrado sus votos al actuar movida por la venganza y no por la voluntad de Kelemvor. La traición, el engaño y el sufrimiento que había provocado durante la Siega Roja habían terminado por separarla de su dios. Durante siglos había esperado recuperar aquello que una vez le había sido concedido, pero Kelemvor nunca volvió a responder a sus plegarias.

La antigua Suma Sacerdotisa ya no era la mujer que había participado en aquella guerra.

Era simplemente una anciana que había cometido un pecado y llevaba siglos esperando el momento en que tuviera que pagarlo.

Aun así, los aventureros decidieron marchar.

Quizá por la promesa de una aventura, quizá por las riquezas que pudieran encontrar, quizá por pura locura. Cada uno tendría sus propios motivos para adentrarse en aquella historia.

Pero tal vez, en el corazón de alguno de ellos, había algo más.

Algo que Dominica reconocía.

Porque, pese a todo lo ocurrido, todavía quedaba una pequeña luz.

Y quizá aquella luz fuera suficiente para enfrentarse a la oscuridad que estaba a punto de despertar.

El destino del mundo comenzaba a depender de ellos.
5 Sep 2026, 14:45 #8

Capítulo VI — El Heraldo Despierta


Los aventureros llegaron finalmente a uno de los campamentos acompañados por un siervo de Kelemvor, mientras Dominica y varios miembros de su orden tomaban un camino diferente hacia el segundo asentamiento mercenario. Desde el momento en que cruzaron los límites del bosque, algo resultó evidente: allí la vida había dejado de existir. No era simplemente un lugar arrasado por la muerte; parecía como si algo hubiese drenado toda la energía vital de cuanto lo rodeaba. Los animales habían regresado como criaturas no muertas, pero permanecían inmóviles, repitiendo una y otra vez los últimos movimientos que habían realizado antes de morir. Un ciervo permanecía con la cabeza inclinada sobre el mismo arbusto que había estado mordisqueando; un grupo de aves yacía sobre las ramas, moviendo las alas en pequeños espasmos mecánicos. Los árboles se habían marchitado desde las raíces y hasta sus últimas hojas, y allí donde antes había existido un bosque lleno de vida solo quedaba una extensión gris, silenciosa y enferma.

Para Relkestpraal aquello fue demasiado. Como elfa silvana, podía sentir la ausencia de vida casi como una herida física. Una rabia antigua, difícil de contener, comenzó a crecer en su interior mientras contemplaba aquel bosque convertido en una tumba. Apretó los puños y juró que algún día devolvería la vida a aquel lugar. Pero antes de eso, alguien tendría que pagar por lo que había hecho.

Aestraqira también percibía algo que no había experimentado jamás. La maldad impregnaba el lugar con una intensidad casi palpable. Su mente estaba entrenada para enfrentarse al miedo, sus votos le habían enseñado a no retroceder ante la oscuridad y, sin embargo, durante un instante sintió cómo se le erizaba la piel. No era el miedo habitual que precedía a una batalla. Era la sensación de encontrarse en un lugar donde algo había ocurrido que no debería haber ocurrido jamás.

Fue Yekaterina quien puso palabras a aquello que todos estaban comenzando a comprender. La explosión de energía negativa producida al finalizar el ritual había sido de una magnitud extraordinaria. No se había limitado a matar a todo cuanto se encontraba alrededor: había dejado tras de sí una concentración de energía negativa tan elevada que el propio campamento se había convertido en una especie de herida abierta. Allí, la frontera entre la vida y la muerte apenas existía. Si alguno de ellos moría en aquel lugar, las probabilidades de que volviera a levantarse como un muerto viviente eran aterradoramente altas.

No tardaron en comprobar que no estaban solos.

Un rugido sacudió el bosque y, entre los árboles, apareció un enorme oso alzado. La criatura avanzó hacia ellos con movimientos torpes, pero una fuerza sobrenatural la mantenía en pie. No había sido un animal que hubiese regresado espontáneamente de la muerte. Alguien lo estaba controlando.

Falker.

La nigromante apareció apenas unos instantes después, ocultándose entre las sombras mientras manipulaba a la criatura. El siervo de Kelemvor apenas tuvo tiempo de levantar su arma. El oso se abalanzó sobre él y Falker aprovechó aquel instante para rematarlo con una violencia precisa y despiadada. El último cazador de muertos que acompañaba a los aventureros cayó ante sus ojos.

Ya no tenían protección divina.

Aun así, continuaron avanzando.

Cuando finalmente alcanzaron el campamento mercenario, encontraron un escenario que parecía haber sido golpeado por una fuerza imposible de detener. Los cadáveres estaban esparcidos por todas partes. Había sangre sobre las tiendas, armas abandonadas, madera ardiendo y cuerpos que habían quedado reducidos a poco más que restos irreconocibles. No parecía una batalla. Parecía como si algo hubiera atravesado el campamento sin encontrar resistencia, dejando únicamente muerte a su paso.

Y, entre aquel infierno, encontraron a un superviviente.

Apenas podía mantenerse en pie.

Entonces las llamas se apartaron.

Una figura surgió de entre ellas.

Vestía ropajes oscuros, elegantes, completamente impropios de aquel lugar. Caminaba con una tranquilidad desconcertante, como si estuviese atravesando un salón en lugar de un campo de cadáveres. Se aproximó al mercenario y, sin detenerse siquiera, lo agarró por el cuerpo. Con un movimiento casi casual, arrancó la parte superior de su torso y dejó caer los restos al suelo.

Los aventureros quedaron paralizados.

Aquella fuerza no pertenecía al mismo mundo que la suya.

La figura alzó lentamente el rostro.

Sus ojos eran rojos.

Adramelej.

Durante un instante, la realidad pareció comportarse de una forma extraña a su alrededor. El fuego de las hogueras se deformó ligeramente cuando pasó junto a ellas. Una sombra pareció adelantarse a sus propios movimientos. Incluso el sonido del bosque parecía apagarse a su alrededor, como si el mundo tuviera dificultades para mantenerse estable en su presencia. No era algo evidente ni constante, sino pequeños errores que el cerebro apenas alcanzaba a registrar: una silueta que parecía encontrarse un paso más lejos de donde debía, una llama que ardía hacia abajo durante un instante, una sensación inexplicable de que algo no encajaba.

Adramelej ni siquiera los consideró una amenaza.

Su mirada pasó sobre ellos sin detenerse.

—¿Dónde está Dominica?

La pregunta fue tranquila. Casi indiferente.

Los aventureros intentaron hablar con él. Le hablaron de Isthara, de lo que habían descubierto, de la verdad sobre la traición y de aquello que había ocurrido siglos atrás. Intentaron hacerle comprender que había sido manipulado, que la historia no era como él creía y que todavía existían otras opciones.

Nada funcionó.

No había rabia en su rostro.

Eso era, quizá, lo más aterrador.

Adramelej simplemente escuchó durante unos segundos y después volvió a preguntar:

—¿Dónde está Dominica?

Al comprender que no obtendría una respuesta diferente, se dio media vuelta. No los atacó. No los amenazó. Ni siquiera pareció considerar necesario hacerlo.

Simplemente comenzó a caminar.

Había otro campamento.

Y Dominica estaba allí.

Los aventureros comprendieron demasiado tarde lo que acababa de suceder. Adramelej no los había perdonado. Ni siquiera los había perdonado lo suficiente como para considerarles dignos de su atención.

Simplemente no eran importantes todavía.

La figura desapareció entre los árboles, dejando tras de sí aquella extraña sensación de vacío que había acompañado cada uno de sus pasos.

Entonces escucharon una risa.

Falker salió lentamente de entre las llamas.

Su rostro mostraba una sonrisa amplia, casi infantil, mientras observaba a los aventureros como quien contempla un nuevo conjunto de juguetes.

—Bueno... —murmuró, mientras avanzaba hacia ellos—. Ahora que mi amo se ha marchado, supongo que podremos divertirnos un poco.

La nigromante extendió una mano.

Las sombras comenzaron a moverse entre los cadáveres.

Los muertos empezaron a levantarse.

Los aventureros se prepararon para luchar.

La batalla era inevitable.
5 Sep 2026, 14:45 #9

Capítulo VII — La Última Luz


La batalla contra Falker fue breve.

Demasiado breve para todo lo que estaba en juego.

La nigromante apenas tuvo tiempo de intercambiar unas palabras con los aventureros antes de que Aestraqira se lanzara contra ella. La espada de la paladina, aquella hoja formada por pura energía positiva, describió un arco de luz y golpeó de lleno el rostro de Falker. El impacto fue brutal. La carne se abrió bajo la fuerza del golpe y durante un instante pareció que la espada iba a arrancarle la cara por completo.

Falker retrocedió tambaleándose.

Se llevó una mano al rostro y contempló la sangre que cubría sus dedos.

Y entonces sonrió.

No fue una sonrisa de dolor.

Fue una sonrisa de reconocimiento.

Como si acabara de descubrir algo que llevaba mucho tiempo buscando.

Pero no dijo nada.

El brazalete secuenciador de su muñeca se iluminó.

Y el tiempo se detuvo.

Las llamas quedaron suspendidas en mitad del aire. Una flecha permaneció inmóvil a pocos centímetros de su objetivo. El humo dejó de ascender. Incluso una gota de sangre que acababa de desprenderse del rostro de Falker quedó flotando ante los ojos de los aventureros.

Falker caminó tranquilamente entre ellos.

Después desapareció.

Cuando el tiempo volvió a correr, la nigromante ya se había marchado.

Pero no lo había hecho sola.

Un rugido estremeció el campamento.

Las paredes de las casas temblaron.

Los caballos relincharon.

Y desde algún lugar entre las sombras apareció una criatura monstruosa.

Enorme.

Bestial.

Un Slaad negro.

La criatura avanzó sin detenerse.

Una carreta salió despedida por los aires.

Después otra.

Un árbol fue arrancado de raíz y lanzado contra una de las casas del campamento.

Los aventureros trataron de detenerlo.

Flechas.

Hechizos.

Fintas.

Criaturas convocadas.

Nada funcionaba.

El Slaad continuaba avanzando como si los ataques no fueran más que molestos insectos golpeando su piel. Cada embestida obligaba al grupo a retroceder. Cada golpe destruía una parte más del campamento.

No estaban luchando contra él.

Estaban intentando sobrevivir.

Relkestpraal apenas consiguió apartarse cuando una de las garras del monstruo atravesó el lugar donde había estado un instante antes. Yekaterina lanzó otro hechizo mientras retrocedía. Aestraqira desplegó sus enormes alas para elevarse y evitar una embestida que habría partido a cualquier criatura mortal.

Fue entonces cuando llegaron a la zona de las máquinas de asedio.

Goin Manoferrea miró a su alrededor.

Y lo vio.

Un cañón.

El enano no necesitó decir nada.

Se lanzó hacia él.

Sus manos comenzaron a trabajar con la precisión de alguien que había hecho aquello cientos de veces. Pólvora. Munición. Mecanismo. Todo quedó preparado mientras el Slaad destruía otra estructura.

—¡Apartaos!

Aestraqira desplegó completamente sus alas y se elevó en el momento en que la criatura cargaba contra ellos.

Goin encendió la mecha.

El cañón rugió.

El disparo falló.

El proyectil pasó junto al Slaad y se perdió entre las ruinas.

—¡Por todos los ancestros!

La criatura giró la cabeza.

Relkestpraal comprendió inmediatamente lo que debía hacer.

—¡EH, TÚ!

El Slaad rugió, y comenzó a hablar con una extraña voz gutural. Era obvio que Falker lo estaba poseyendo, desde algún lugar.

--Voy a matarte. Te voy a arrancar el alma, a ti y a tus amigos.-- Rugía con una suerte de gutural espasmo en la garganta.-- ¡TE MATARE COMO MATÉ A ELDARIETH!¡TE ARRANCARE EL ALMA Y LA DESTRUIRÉ!

-¡Da igual lo que hacer! .-Espetó Relkestpraal con su habitual dificultad de hablar el idioma común.- ¡Tu jamás serás Isthara!

El Slaad giró instantaneamente. Toda su atención se centró en la silvana.

--ISTHARA ESTÁ MUERTA! .--Rugió Falker a través del Slaad, a punto de perder el contro.-- ¡ADRAMELEJ ES MIO!¡ES MIO!¡SOY SU REINA!!!¡SU REEEINAAAAA!!! .--Y se abalanzó contra la Silvana.

La elfa echó a correr.

La criatura fue tras ella.

Relkestpraal corría con todas sus fuerzas mientras escuchaba detrás de ella las pisadas del monstruo acercándose. No podía vencerlo. Solo podía confiar en que Goin tuviera una segunda oportunidad.

Y la tuvo.

Cuando el Slaad estuvo a punto de alcanzarla, Relkestpraal se apartó.

Goin ya estaba preparado. Había vuelto a cargar el cañón.

Apuntó.
Respiró.
Disparó.

El proyectil impactó directamente contra el Slaad. La criatura salió despedazada en el acto.

Carne negra, sangre y fragmentos de hueso salieron despedidos en todas direcciones antes de que el cuerpo del monstruo se desplomara sobre el suelo.

Durante un instante hubo silencio. Lo habían conseguido.

Pero entonces escucharon una voz.

—¡HUID!

Los aventureros levantaron la mirada. Dominica corría hacia ellos. Estaba herida.

Magullada. Cubierta de sangre.

Su respiración era entrecortada y apenas podía mantener el equilibrio, pero continuaba avanzando.

—¡Tenéis que iros! —gritó—. ¡Ahora!

Nadie se movió.

Dominica miró hacia atrás.

Y el miedo que apareció en su rostro fue suficiente para que todos comprendieran que aquello era mucho peor que cualquier cosa que hubieran enfrentado hasta entonces.

—Antes de que llegue...

Su voz se quebró.

—Antes de que llegue él.

Y entonces lo vieron.

Detrás de Dominica.

Caminando.

Despacio.

Adramelej.

No corría.

No tenía ninguna necesidad de hacerlo.

Cada uno de sus pasos parecía decirles que la distancia entre ellos carecía de importancia.

Y alrededor de él...

La realidad comenzaba a fallar. Pequeñas cosas. Errores diminutos, casi imperceptibles.

Una hoja cayó de un árbol y durante un instante subió hacia el cielo antes de volver a caer. La sombra de una carreta se movió antes que la propia carreta. Una llama ardió hacia abajo. El sonido de sus pasos llegó después de que sus pies hubieran tocado el suelo. Y uno de los aventureros habría jurado que, durante una fracción de segundo, Adramelej caminaba hacia ellos mientras su reflejo lo hacía en dirección contraria.

Nadie dijo nada.

Nadie sabía qué decir, porque el cerebro intentaba encontrar una explicación para aquello.

Y no la encontraba.

Adramelej llegó finalmente hasta Dominica.

Se detuvo y la miró.

—Se ha acabado la persecución.

Dominica cerró los ojos.

Sí.

Se había acabado.

No había dónde huir.

No existía ejército capaz de protegerla.

No existía fortaleza donde esconderse.

No existía distancia suficiente.

Adramelej había esperado quinientos años.

Y ahora estaba allí.

Dominica soltó sus armas.

Una por una.

La maza.

El resto de su equipo.

Todo cayó al suelo.

Después caminó hacia él.

—Acaba con esto, Adramelej.

El Heraldo permaneció inmóvil.

—Es a mí a quien quieres. No queda nadie más.

Dominica señaló a los aventureros.

—Todos los otros que te hicieron daño están muertos.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Acaba conmigo.

Se acercó un paso más.

—Pero déjales marchar.

Adramelej comenzó a caminar hacia ella.

Dominica sabía perfectamente cómo iba a terminar aquello.

Había aceptado su muerte.

Pero no quería morir sin salvarlos.

Y, sobre todo...

No quería que muriera Aestraqira.

Había algo en aquella joven.

Algo que Dominica había sentido desde el primer instante.

Algo que no comprendía.

Algo que le resultaba demasiado familiar.

Aestraqira dio un paso adelante.

—No.

Dominica giró la cabeza.

—Vete.

—No voy a dejarte.

La paladina avanzó con su espada de luz en la mano.

Dominica negó lentamente con la cabeza.

—No puedes vencerle.

—Entonces moriré contigo.

Dominica sintió que algo dentro de ella se rompía.

Se acercó y la empujó.

—¡No!

Aestraqira retrocedió.

—¡Dominica!

La sacerdotisa la miró.

Durante un instante sus ojos se encontraron.

Y aquel extraño vínculo volvió a aparecer.

Una sensación imposible de explicar.

Como reconocer en otra persona algo que uno lleva toda la vida buscando sin saber qué era.

Dominica supo entonces que debía protegerla.

Aunque para hacerlo tuviera que morir.

Adramelej llegó hasta ellas.

—Quinientos años, Dominica.

La voz del Heraldo era tranquila.

—Quinientos años en la oscuridad, esperando este momento.

Desenfundó sus espadas.

El sonido del acero pareció llegar desde algún lugar lejano.

—Tu muerte no me devolverá lo que he perdido.

Sus ojos rojos se clavaron en ella.

—Pero me conformaré con ella.

Dominica alzó ambas manos.

Y cerró los ojos.

Por un instante, volvió a verlo.

Kelemvor.

No estaba frente a ella.

Estaba dentro.

En lo más profundo de su alma.

El dios de los muertos.

Su señor.

Su juez.

Dominica recordó a su hija.

Recordó el día de su muerte.

Recordó cómo había suplicado.

Recordó cómo había culpado a Kelemvor.

Recordó la rabia.

La Siega Roja.

La traición.

Los siglos de odio.

Los siglos esperando una respuesta que nunca llegó.

Y comprendió finalmente por qué.

No había sido castigada con el silencio.

Había sido obligada a enfrentarse a sí misma.

"Perdóname"

En su mente. Dominica al fin dijo lo que siempre había temido decir.

"Te traicioné."

"Te culpé por su muerte."

"Te odié porque no quisiste devolverme a mi hija."

"Pero ahora lo entiendo."

Levantó el rostro.

"La muerte no era algo que debiera vencer."

Miró a Adramelej.

"Era algo que debía aceptar"

Cerró los ojos.

—No volveré a huior

Durante un instante...

Nada ocurrió.

Dominica simplemente permaneció allí.

Aceptando.

Y en algún lugar que ninguna criatura mortal podría alcanzar...

Kelemvor escuchó.

El dios contempló el alma de aquella mujer.

Había pecado.

Había fallado.

Había permitido que el dolor la convirtiera en aquello que juró combatir.

Pero ahora no pedía otra oportunidad.

No pedía recuperar a su hija.

No pedía escapar del castigo.

Pedía únicamente perdón.

Y Kelemvor se lo concedió.

No porque sus pecados hubieran desaparecido.

Sino porque finalmente había comprendido la verdad que había estado intentando enseñarle durante quinientos años.

La muerte no era una injusticia.

Era parte del orden.

Y Dominica, por fin, había aceptado formar parte de él.

Entonces...

La Urdimbre respondió.

Una luz descendió del cielo.

No cayó.

Descendió.

Como si algo situado más allá de los planos hubiera abierto los ojos.

La energía atravesó el cuerpo de Dominica.

La sacerdotisa gritó.

Y entonces las luces comenzaron a encenderse una tras otra.

Sus manos.

Su pecho.

Su rostro.

Su espalda.

Las heridas comenzaron a desaparecer.

La oscuridad que había acompañado su alma durante siglos comenzó a ser expulsada.

Y de su espalda surgieron dos enormes alas.

Alas de luz.

No eran las alas de una guerrera.

Eran las alas de un ser celestial.

Majestuosas.

Inmensas.

Resplandecientes.

Como si el amanecer hubiera decidido nacer dentro de ella.

Dominica abrió los ojos.

Ya no había miedo.

Solo paz.

La Urdimbre había activado todas sus esferas de poder.

Todo aquello que Kelemvor había depositado en ella siglos atrás regresó de golpe.

Y Dominica comprendió que no estaba recibiendo un regalo.

Estaba recibiendo una última oportunidad.

No para vivir.

Para morir haciendo aquello que siempre debió hacer.

La luz salió de su cuerpo.

Adramelej quedó envuelto en ella.

El Heraldo permaneció inmóvil.

La energía comenzó a desintegrarlo.

Su carne empezó a desaparecer.

Sus brazos.

Su pecho.

Su rostro.

La luz atravesó cada parte de su cuerpo.

Dominica avanzó hacia él.

Y lo abrazó.

Adramelej podría haber luchado.

Podría haber intentado apartarla.

Podría haber utilizado todo el poder que había acumulado durante quinientos años.

No hizo nada.

Simplemente la observó.

Sus ojos rojos se encontraron con los de Dominica.

Y por primera vez desde que había vuelto a caminar por el mundo...

No había odio en ellos.

Solo cansancio.

La luz siguió consumiéndolos.

Los cuerpos de ambos comenzaron a convertirse en partículas luminosas.

Dominica estaba desapareciendo.

Adramelej también.

Y aun así ella no lo soltó.

Porque aquella era su última misión.

No matarlo.

No vengarse.

Sino poner fin a aquello que ella misma había ayudado a comenzar.

Cuando apenas le quedaba energía, Dominica giró lentamente la cabeza.

Buscó a los aventureros.

Y encontró a Aestraqira.

Sus miradas volvieron a encontrarse.

Durante un instante, Aestraqira sintió algo.

Una calidez.

Una familiaridad.

Como si estuviera contemplando a alguien que había conocido mucho antes de recordar haberlo hecho.

Dominica comprendió entonces que no había sido casualidad.

Y sonrió.

Con las últimas fuerzas que le quedaban, extendió una mano.

La luz envolvió a los aventureros.

Un teletransporte.

Aestraqira comprendió lo que estaba haciendo.

—¡Dominica!

La sacerdotisa no apartó la mirada de ella.

Y, en perfecto idioma celestial, pronunció una única palabra:

Gracias.

El teletransporte se activó.

Los aventureros desaparecieron.

Dominica volvió a mirar a Adramelej.

La luz los envolvió por completo.

Y ambos se desintegraron.

No hubo explosión.

No hubo gritos.

No hubo sangre.

Solo luz.

Una luz tan intensa que durante un instante convirtió la noche en día.

Y después...

Nada.

Los aventureros cayeron en medio de la entrada de la ciudad de Astorga.

Durante unos segundos nadie se movió.

Nadie sabía qué decir.

Nadie sabía qué hacer.

Habían visto morir a Dominica.

Habían visto desaparecer a Adramelej.

Habían contemplado el poder de una guerra que llevaba existiendo desde mucho antes de que ellos nacieran.

Finalmente, uno de ellos levantó la mirada hacia la ciudad.

Astorga seguía allí.

La gente continuaba viviendo.

Las luces permanecían encendidas.

El mundo seguía girando.

Pero para ellos nada volvería a ser igual.

Porque ya no eran simples aventureros.

Habían visto demasiado.

Habían sobrevivido a algo que no estaba destinado a que ellos sobrevivieran.

Ahora eran guerreros.

Soldados de una guerra que había comenzado hacía miles de millones de años, antes de que los dioses existieran.

Aquello no había terminado. Solo acababa de comenzar.

Y el destino de Faerûn... El destino de millones de vidas...

Quizá incluso el destino de la propia existencia...

Pronto se decidiría.

El fin de todas las cosas había comenzado.
5 Sep 2026, 14:45 #10

Mientras...



Falker se cosía la cara mientras lloraba, escondida en un lugar apartado del mundo. Sus dedos temblaban mientras atravesaban una y otra vez la carne desgarrada con la aguja.


—Él me quiere... —repetía una y otra vez, moviéndose arriba y abajo, casi como una niña intentando convencerse de sus propias palabras—. Él me ama. Él me ama. Yo lo liberé. Soy su reina. Soy su princesa. Él es mío. ¡Él es mío!


Entonces, dentro de su cabeza, una voz susurró.


«Nunca serás Isthara.»


—¡ES MÍO! —gritó.


La aguja atravesó demasiado profundamente la carne y, de pronto, un fragmento de su rostro se desprendió y cayó al suelo.


Falker se quedó inmóvil.


Había entregado todo por él. Todo. Su cuerpo había tenido que ser sustituido mil veces porque la energía del Abismo lo consumía poco a poco. Había perdido órganos, extremidades, piel, ojos. Había muerto más veces de las que cualquier ser humano debería poder soportar. Y eso sin contar las veces que Adramelej la había despedazado, magullado y mutilado, algunas por rabia, otras simplemente porque había fracasado.


Pero ella podía soportarlo.


Ella lo soportaba.


Ella era fuerte.


—Es mío... es mío... —repitió finalmente, serenándose mientras contemplaba el exterior desde la oscuridad de la cueva.


Entonces lo vio.


Una figura caminaba a lo lejos.


Él.


Adramelej avanzaba lentamente, sumido en sus pensamientos.


Falker sonrió.


Era suyo.


Estaba allí.


Era suyo, solo suyo.


Siempre suyo.


—Mi amo... —susurró con una sonrisa mientras terminaba de coserse el rostro—. Mi príncipe.


Pronto buscaría unos ojos nuevos. Azules, a poder ser, como le gustaban a su señor. Se los injertaría para ser más bonita. Porque las princesas debían ser bonitas para sus príncipes.


Nadie separaría a Falker de Adramelej.


Nadie.


Ni nada.


Esa era la voluntad de Vael'Anor.


Y también la suya.


Falker sonrió, completamente serena, y continuó «reparando» su cuerpo.


Mientras...



Adramelej caminaba lentamente por el exterior de la cueva.


El estallido de luz de Dominica lo había desintegrado.


Por completo.


Durante un instante, incluso él había dejado de existir.


Pero, unas horas después, su cuerpo había comenzado a recomponerse a partir de la nada. Carne, huesos y sangre habían regresado poco a poco a su lugar, reconstruyéndose mediante una fuerza que habría acabado incluso con un semidiós.


El poder puro de Kelemvor había estado allí.


Él lo había sentido.


Por un instante había pensado que, al fin, iba a morir.


Y había pensado en ella.


En Isthara.


Quizá, después de quinientos años, finalmente volvería a verla.


Pero no murió.


Como siempre.


Adramelej dejó escapar una risa taciturna, cargada de dolor y sarcasmo, mientras contemplaba el horizonte. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el mundo que se extendía ante él.


Una pequeña grieta apareció en el aire a su lado.


No llegó a abrirse.


Simplemente estuvo allí durante un instante, como si la realidad hubiese olvidado cómo debía comportarse.


Después desapareció.


—Uno menos.


Su mirada permaneció fija en la distancia.


—Queda Elyndra.


En algún lugar de la Necrópolis.


Y después de su venganza, reuniría nuevamente a la Congregación del Último Umbral. Entonces comenzaría el verdadero propósito. Los nueve sellos. Las nueve barreras que aún mantenían encerrado al Señor del Vacío, al ser que aguardaba más allá de la Exterioridad.


Vael'Anor.


Nada podría evitarlo.


Eso debería haberle hecho sentir algo.


Esperanza.


Odio.


Incluso satisfacción.


Pero no sentía nada.


Solo vacío.


Desde el interior de la cueva llegó el grito de Falker.


Adramelej giró ligeramente la cabeza.


La nigromante tendría algún problema, como siempre.


Había sido una aliada formidable. Le había liberado. Había soportado cosas que ningún mortal debería haber soportado por él. Y sabía perfectamente que estaba locamente enamorada.


Sería una lástima tener que matarla llegado el momento.


Aunque todavía podía aprovecharse algo más de ella.


Una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro.


Pronto todo terminaría.


Muy pronto.


Mientras...



Un grupo de Kelemvoritas permanecía en silencio frente al Alto Sacerdote.


Uno de ellos dio un paso al frente y depositó sobre sus manos una maza y un escudo.


Las armas de Dominica.


El sacerdote las contempló durante unos segundos.


No necesitó preguntar.


Comprendió.


Dominica había caído.


Cerró los ojos mientras apretaba la maza contra su pecho. Una lágrima recorrió su rostro.


Entonces uno de los guerreros le entregó algo más.


Un pequeño documento.


Algo que nadie más sabía que se encontraba en aquel campamento de mercenarios. Una información que Dominica había ordenado investigar de manera completamente secreta, utilizando a los mercenarios para seguir una pista que llevaba demasiado tiempo persiguiendo.


El Alto Sacerdote abrió el documento.


Leyó.


Y se quedó completamente inmóvil.


Otra lágrima cayó sobre el papel.


Durante siglos habían buscado una respuesta.


Durante siglos habían creído que aquella historia había terminado.


Pero Dominica había encontrado el camino.


El sacerdote alzó lentamente la mirada hacia sus guerreros.


—La han encontrado.


Nadie respondió.


—Debemos reunirnos con ella.


Apretó la maza de Dominica entre sus manos.


—Solo ella sabe cómo acabar con el Heraldo.

Mientras...


No había oscuridad.

Tampoco luz.

No existía arriba ni abajo, ni distancia, ni tiempo. Solo una inmensidad silenciosa, suspendida más allá de todo cuanto podía comprender una mente mortal.

Entonces, unos ojos se abrieron.

Frente a ellos aguardaba una figura.

No era posible distinguir su rostro. Ni siquiera parecía tener uno. Sin embargo, aquella presencia resultaba extrañamente familiar. Una voz habló en medio del silencio.

—Al fin has llegado. Te he estado esperando.

Los ojos se humedecieron.

—Siento mucho haberte fallado.

Durante unos instantes no hubo respuesta.

Después, la presencia se acercó.

—Un padre siempre perdona a sus hijos.

Aquellas palabras hicieron temblar algo en lo más profundo de aquella alma.

—Simplemente esperé a que comprendieses la verdad.

Una lágrima se perdió en aquel lugar donde no existía el suelo.

—Es hora de que decidas mi lugar. Espero que sea a tu lado.

La figura guardó silencio.

Y entonces negó lentamente con la cabeza.

—Aún no, hija mía.

La mirada se alzó.

—Aún te queda algo más que hacer.

Una mano se extendió.

La nada comenzó a llenarse de luz.

Primero fue apenas un resplandor.

Después, una llamarada blanca que envolvió aquella alma y atravesó todo cuanto la rodeaba. Algo comenzó a crecer a su espalda. Dos enormes alas se desplegaron lentamente, inmensas y radiantes, como si hubieran estado esperando aquel instante desde antes de que existiera el tiempo.

La presencia la contempló.

—Y cuando llegue el momento...

La luz se hizo todavía más intensa.

—Ya no serás mi voz.

Las alas se abrieron por completo.

Y una última frase atravesó el silencio.

—Serás mi espada.

Mientras...


Una figura llegó hasta el campamento de los mercenarios.

Había acudido allí para reunirse con ellos. Durante años había seguido pistas, rumores y nombres que apenas se atrevían a pronunciarse en voz alta. Aquellos hombres debían haber sido el último eslabón. Ellos conocían la forma de ponerse en contacto con alguien que llevaba demasiado tiempo buscando.

Pero cuando llegó, ya no quedaba nada.

La figura se detuvo.

Ante ella se extendía la destrucción.

Las tiendas habían sido reducidas a cenizas. Las armas yacían esparcidas por el suelo. Los cuerpos cubrían el campamento y algunos todavía ardían entre los restos de las estructuras. Allí donde había habido vida, solo quedaba muerte.

Lentamente, se arrodilló.

Una de sus manos descendió hasta tocar la tierra.

Los dedos estaban cubiertos de cicatrices. Marcas antiguas que recorrían sus manos y ascendían por sus brazos, recuerdos de un poder arcano demasiado grande para un cuerpo mortal. Durante años había intentado dominarlo. Durante años había aprendido que las emociones eran capaces de convertir aquel poder en algo impredecible.

Y ahora, al contemplar aquel lugar, la tierra comenzó a vibrar bajo sus dedos.

—¿Qué has hecho, Adramelej...?

Su voz apenas fue un susurro.

Levantó la mirada hacia el horizonte.

Había visto demasiadas veces aquellas ruinas.

Demasiadas veces había contemplado las consecuencias de su ira.

Pero aquello era diferente.

Aquello no era el hombre que recordaba.

Una lágrima recorrió lentamente su rostro.

—¿Qué has hecho...? —murmuró—. ¿En qué te has convertido?

Cerró los ojos.

Durante un instante, el viento agitó sus cabellos y pareció llevar consigo un recuerdo lejano. Una voz. Una mirada. Un tiempo en el que aquel nombre no significaba muerte, sangre ni destrucción, al menos no para ella. Para ella siempre significó otras cosas.

Paz.

Seguridad.

Familia.

Después abrió los ojos.

Había llegado el momento.

La batalla que había intentado olvidar durante siglos acababa de comenzar.

Sabía dónde estaba.

Había dedicado años a buscarlo en secreto, siguiendo antiguos textos, ruinas olvidadas y conocimientos que jamás debieron llegar hasta manos mortales. Un artefacto antiguo. El único capaz de hacer aquello que nadie había conseguido hacer antes: separar el poder de Vael'Anor de aquel al que había convertido nuevamente en su Heraldo.

Lo había buscado por una razón. Por una frase. Una sola maldita frase que lo había cambiado todo.

"Todo lo que hice, fue por amarte."

"Entonces renuncia a el"

"Lo haré... Por ti"

Había pasado años creyendo que quizá todavía existía una forma de salvarlo.

Ahora comprendía que quizá había estado persiguiendo un fantasma.

Su mano se cerró lentamente sobre la tierra, mientras la urdimbre proyectaba chispas de energía alrededor de sus dedos.

Pronto tendría que utilizar aquel artefacto.

Adramelej había sido engullido por algo mucho más antiguo que los dioses. Algo que había convertido su dolor en odio y su amor en venganza.

Y si no quedaba nada de él... Al menos habría justicia.