Prólogo
Antes de que existieran los planos. Antes de que nacieran los dioses. Antes incluso de que el tiempo comenzara a fluir, solo existía la Exterioridad, un estado ajeno a toda comprensión del que ninguna mente mortal ha regresado con cordura. Fue entonces cuando Ao, el Sobredios, dio origen a la creación y trazó los límites de la realidad, separándola para siempre de aquello que existía más allá.
De esa creación surgieron las primeras deidades, Shar y Selûne, y con ellas el resto del cosmos. Sin embargo, los primeros elfos conservaron una leyenda mucho más antigua, una historia prohibida que jamás debía ser pronunciada.
Hablaba de una conciencia que había permanecido al otro lado de la realidad desde antes de la creación. Una entidad que no era un dios, ni un demonio, ni un ser vivo, sino algo completamente ajeno al universo. Los sabios élficos la llamaron Vael'Anor, «El Vacío que Observa», pues creían que ninguna otra palabra era capaz de describir aquello que contemplaba la creación desde el otro lado del velo.
Con el paso de las eras, aquella entidad encontró la forma de alcanzar el universo recién nacido. No buscaba conquistarlo ni someterlo. Deseaba devolver toda la existencia al silencio absoluto del que había surgido, convencida de que la vida, el tiempo y las almas no eran más que el origen de todo sufrimiento.
Las primeras deidades dejaron a un lado sus diferencias para enfrentarse a ella. La guerra que siguió fue tan antigua que ningún texto conserva su recuerdo y tan terrible que incluso los propios dioses prohibieron hablar de ella. Incapaces de destruir a una entidad que no pertenecía a la creación, levantaron una prisión más allá de todos los planos conocidos y la encerraron para toda la eternidad.
Los siglos acabaron convirtiendo aquella historia en un mito.
El nombre de Vael'Anor desapareció de la memoria de los pueblos antiguos.
Y solo unos pocos cultos secretos continuaron pronunciando otro nombre, uno que afirmaban haber escuchado de labios de la propia entidad.
Samael.
Mucho tiempo después, en la remota isla de Aslarn, un antiguo ejecutor de los clanes vampíricos escuchó aquella voz. Su nombre era Adramelej, y aceptó convertirse en el paladín de Samael con el propósito de abrir el Último Umbral y liberar a su señor de la prisión divina.
Su caída, su amor por Isthara, la traición de la Reina, la Siega Roja y su eterno cautiverio parecieron poner fin a aquella amenaza.
Pero los sellos se debilitan.
Los antiguos cultos vuelven a reunirse.
Y el Vacío jamás deja de observar.
El vacio ha encontrado de nuevo a su paladín.
El fin de todas las cosas se acerca.
Y su tiempo... es ahora.