Tymora (Diosa de la Buena Fortuna, la Habilidad y la Victoria).Títulos: Dama Fortuna, la Dama Sonriente, Nuestra Dama Sonriente.
Rango: Deidad intermedia faerûnia.
Símbolo: Moneda de plata con el rostro de Tymora rodeado de tréboles.
Plano natal: Aguaclara.
Alineamiento: Caótico bueno.
Ámbito: Buena fortuna, habilidad, victoria, aventureros.
Adoradores: Pícaros, jugadores, aventureros, Arpistas, medianos piesligeros.
Alineamiento de los clérigos: CB, CN, NB.
Dominios: Bien, Caos, Protección, Suerte, Viaje.
Arma predilecta: Una moneda giratoria, representada por un shuriken.
Colores eclesiásticos: Azul y plata.

Iglesia.Tymora, la amistosa, elegante y amable diosa de la buena fortuna, debe su enorme popularidad a dos factores. Primero, su dominio sobre las huidas ajustadas y los descubrimientos afortunados la convierte en patrona predilecta de la floreciente población de aventureros de Faerûn, que esperan una vida prolongada y éxitos espectaculares. Segundo, durante la Era de los Trastornos su iglesia se produjo un gran incremento cuando Tymora se apareció a sus seguidores en Arabel y se estableció en el templo conocido como la Casa de la Dama.
Mientras el continente entero era convulsionado por la magia descontrolada, Tymora ofreció una estabilidad que no existía en ningún otro lugar. La tranquilidad de que algunos dioses todavía se preocupaban por los seres humanos, y la posibilidad de conocer realmente a una deidad mediante una razonable donación a la iglesia, reafirmó la fe en aquellos tiempos desesperados, y las filas de su clero y seguidores crecieron.
Aquellos plebeyos que no consiguen tomarse nada muy en serio ven a los sirvientes de Tymora como defensores llenos de energía de la diversión y la aventura. Los clérigos predican una doctrina que urge a sus seguidores a correr riesgos y hacer algo en lugar de quedarse sentados y no atreverse a nada.
De acuerdo con ello, aquellos que eligen a Tymora como patrona tienden a poseer un entusiasmo por la vida y una calmada seguridad de que la Dama Sonriente se encargará de que tengan una vida larga y fructífera. Los medianos creen que Tymora es una de los Hijos de Yondalla, y consideran que su amplio culto en las tierras humanas es simplemente el mayor de los numerosos timos graciosos de la Dama Fortuna.
Los clérigos de Tymora, llamados Portadores de Suerte, rezan para recibir sus conjuros por la mañana. Los fieles normalmente se saludan poniéndose en contacto con sus símbolos sagrados, normalmente mediante un abrazo. El clero no reconoce oficialmente rituales establecidos, y los días de guardar varían enormemente según los dictados de cada templo.
Los clérigos de Tymora normalmente toman clases múltiples como bardos o pícaros, aunque se sabe que han probado casi cualquier combinación de clases. Es raro, pero algunos a veces se convierten en arúspices.
Los clérigos de Tymora aprecian la alegría y la espontaneidad, ya que creen que quienes afrontan los mayores riesgos son los que disfrutan de la mayor fortuna. Sitúan sus templos como paradas para repostar para bandas de aventureros, ofreciendo productos como agua bendita y pociones de curación.
Algunas iglesias llevan esto un paso más adelante, ofreciendo ayudas secretas excesivas a los aventureros más arrojados, en un esfuerzo de relaciones públicas para probar el valor de la doctrina de Tymora. Los clérigos celebran los milagrosos éxitos de estos héroes a su retorno de peligrosas mazmorras y tumbas encantadas, declarando que su supervivencia y botín son una recompensa de la Dama Fortuna.
Cuando estos grupos son consumidos por muros de tentáculos vivientes o se meten en una esfera de aniquilación situada en la boca de un gigantesco bajorrelieve del rostro de un demonio, los clérigos de Tymora permanecen tremendamente silenciosos.
Cada templo de Tymora es un centro de operaciones independiente, con su propia jerarquía e interpretaciones de la doctrina que normalmente se acomodan a los deseos del sumo sacerdote, basadas en una colección de creencias y costumbres. Esta antigua tradición recientemente ha encontrado oposición en Daramos Lauthyr, sumo sacerdote de la Casa de la Dama en Arabel, que busca unir la iglesia bajo un único poder: él.
Historia.Antes del Cataclismo del Alba, una única deidad, Tykhe, controlaba tanto la buena como la mala suerte. Siendo una deidad voluble cuya atención traía con la misma frecuencia la calamidad que la calma, Tykhe vagaba por su existencia controlada sólo por sus impulsos, preocupándose raras veces más de un momento por nada o nadie.
El azar quiso que la apasionada deidad se encontrase mezclada en la guerra entre dioses iniciada por Lazhándêr, que intentaba reestructurar el panteón faerûnio de acuerdo con su propio sentido de lo correcto. Decidiendo rápidamente que su amado se había vuelto demasiado serio, Tykhe besó al Señor del Alba otorgándole mala suerte, y le abandonó a su destino.
Durante sus viajes se encontró con una hermosa rosa que intentó arrancar de la tierra. Curiosamente, la flor no salió, por lo que la maldijo con mala suerte, momento en que su tallo se rompió y cayó al suelo. Sin pensar en el incidente, Tykhe colocó la rosa en su pelo y continuó vagando, ignorante de la peligrosa corrupción que ahora había en ella. La rosa había sido un aspecto de Moánder, deidad de la podredumbre y la decadencia.
Cuando Tykhe regresó finalmente a casa, la ignorante diosa se encontró con sus amigos Lazhándêr y Selûne, así como con Azut, que habían sido alertados del ataque de Moánder. Antes de que la desagradable criatura que una vez había sido Tykhe pudiera saludar a sus antiguos compañeros, Selûne la atacó con un rayo de luz purificadora. La figura de Tykhe se dividió justo por el medio, y de los restos surgió una deidad completamente nueva.
La primera en surgir fue una versión nueva y más pequeña de Tykhe, mirando a las tres deidades con una desconcertada expresión de confuso reconocimiento, como si hubiese conocido a esas figuras en sueños a pesar de no haberse encontrado nunca. La hermosa y desgarbada Beshaba fue la segunda en alzarse.
Después de una breve batalla en la que el aspecto benigno y maligno de la caída Tykhe casi se destruyeron mutuamente, lo que habría ocurrido de no ser por los esfuerzos combinados de Azut, Lazhándêr y Selûne, Beshaba maldijo a las cuatro deidades, menospreciándolas como asesinos y villanos sin suerte que no merecían ni su presencia ni su buena voluntad. Farfullando que acosaría a sus seguidores con mala fortuna durante toda la eternidad, la Doncella del Infortunio dejó la asamblea entre un torrente de humo acre e improperios.
La recién nacida diosa Tymora se limitó a encogerse de hombros como muestra de su desconcierto. Desde ese día, Tymora y Beshaba han continuado sus enfrentamientos. Para Beshaba, su batalla es una de destrucción incondicional; Tymora, por su parte, busca evitar las depredaciones de la Doncella del Infortunio, castigando a veces su cruel ambición con una humillación cuidadosamente escogida.
Aunque no sería justo llamar cruel a Tymora, se deleita en gastar bromas, intentando a veces traer el buen humor a dioses adustos como Yelmo o Tyr mediante la cuidadosa aplicación de bromas elegantes y trucos juguetones. Aunque heredó todas las buenas cualidades de su progenitora, también retiene mucha de la volubilidad romántica de Tykhe.
Tymora sedujo a docenas de deidades e incontables mortales, raras veces permaneciendo con un único amante más de uno o dos años. Comparte un romance informal y ya largo con el dios mediano Brandobaris, cuya pasión por los actos temerarios y los chanchullos picarescos rivaliza con la propia de Tymora.
Dogma.No ha de ser audaz, pues serlo significa estar vivo.
Un corazón valiente y una disposición a correr riesgos superan nueve de cada diez veces a un plan elaborado a conciencia.
Ponte en manos del destino y confía en tu propia suerte.
Sé tu propio amo, presentando tu buena o mala fortuna como confianza en la Dama.
Persigue tus propios objetivos particulares y la Dama te ayudará a conseguirlos.
Sin dirección ni objetivos pronto conocerás el abrazo de Beshaba, pues aquellos que no siguen un rumbo se encuentran a merced del infortunio, que carece de toda misericordia.